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                                      Gustos personales.

(particulares y familiares)

 

  • Sin duda otro de los factores determinantes en la planificación de las etapas y de los trayectos son los gustos de cada cual (o de la “family” en cuestión).

 

 

 

  • Dormir en camping o no. Madrugar o no. Parar a descansar muy a menudo o no. Hacer visitas turísticas en ruta o no. Comer de bocadillo o de restaurante, etc.; ¡Y no digamos si nos acompañan los retoños!. Todas esas cosas, en función de las apetencias, afectarán al planteamiento de las etapas y, como tal, a su mayor o menor recorrido y/o “aprovechamiento”. Prever esas circunstancias, insistimos, hará posible que, en general, no nos llevemos sorpresas desagradables.

 

 

  • Nosotros empezamos a hacer largos viajes por Europa cuando nuestro hijo tenía 6 años. Y a los 15 el chico “se dio de baja del “Club de Viajes””, cuando viajar con los padres empezó a ser ya un tostón. En esos 10 años de intensa actividad viajera en su compañía siempre procuramos buscar un equilibrio entre sus necesidades y apetencias y las nuestras. Desde luego que hicimos un auténtico “master” en parques de atracciones,(a nosotros también nos encantan) y en cualquier actividad que pensáramos que podía gustarle, pero a cambio, Miguel, desde muy pequeñito, ha madrugado o caminado hasta la extenuación cuando ha hecho falta y se ha recorrido cientos de castillos, palacios y museos. Muchos de los cuales le gustaron casi más que a nosotros. Los del Loira le encantaron.

 

  • Todavía hoy nos sorprende con comentarios y recuerdos de aquellos ya lejanos viajes que nos dejan estupefactos. Resulta increíble que se acuerde de pueblos remotos y anécdotas que ni nosotros mismos recordamos ya.

 

  • Ciertamente nuestro hijo aprendió “a soportar” las interminables horas de coche con santo estoicismo, pero también es verdad que en los “momentos de flaqueza”, cuando aparecían las temidas preguntas de “¿Y falta mucho? o ¿Y cuándo llegamos?”, nos mantuvimos firmes y gracias a eso aprendió pronto a entretenerse en el coche jugando, solo o con nosotros Y la cosa fue bastante bien.

 

  • Sabemos de sobra que no todos los chavales son iguales, -haberlos haylos que no se moverían de la playa ni a tiros- pero si sabemos reconducir la situación y nos mantenemos firmes en no tolerar comportamientos “rebeldes”, seguramente logremos avances insospechados. Todo está en proponérnoslo muy seriamente y no permitir que nos coman el terreno ni la moral.

 

  • No obstante está claro que con un niño pequeño a bordo, o varios, los viajes hay que plantearlos, fundamentalmente, de acuerdo a sus necesidades y gustos, sin olvidar del todo las nuestras, por supuesto. ¡Que de lo que se trata es que disfruten del viaje y de nuestra compañía, no de “torturarlos”!.

 

  • Pero dejemos a los chicos tranquilos por un rato y volvamos al tema de las apetencias a la hora de plantearnos una posible etapa de desplazamiento.

 

  • Imaginemos por un momento que salimos de Valladolid un viernes por la tarde con idea de coger el ferry de Calais a Dover (Inglaterra) el sábado por la tarde-noche; 1.500 km. separan ambos puntos en el mapa, una distancia muy respetable para hacer, en poco más de 24 horas, pero eso es lo que hicimos realmente en 2003, rumbo a gran bretaña.

 

  • Es evidente que, salvo imprevistos, la única forma de cumplir ese objetivo es haciendo el trayecto con las paradas justas, haciendo noche en Burdeos o en sus proximidades (a 600 km. de casa) y saliendo, a lo más tardar, a las 7 de la mañana. Y, por supuesto, rezando para que la circunvalación de París no nos mandase los planes al garete. Pues bien, cumplimos la previsión y a las siete de la tarde del sábado embarcábamos hacia la pérfida Albión. Misión cumplida. Vale, fue un planteamiento bastante “heavy”, pero es una manera tan válida como cualquier otra de viajar a condición de que queramos hacerlo así.

 

  • Realmente el motivo que nos empujó a hacer el trayecto a “a lo AVE” era tanto de índole económica como de “comodidad”, aunque eso pueda parecer, a la vista de lo hecho, un contrasentido. Tomar el ferry a las siete de la tarde nos permitió aprovechar la tarifa vespertina, bastante más barata que a horas más centrales del día. Y con el precio que tienen los ferries británicos, era como para tenerlo en cuenta. Jugando con la hora que “ganamos” a base de retrasar el reloj en Inglaterra, pudimos llegar a tiempo al camping para acampar antes de que lo cerrasen. De esa manera el domingo por la mañana nos despertamos ya instalados y dispuestos a iniciar la visita turística en los alrededores de Brighton.

 

  • Imaginemos ahora que no quisiéramos hacer un “trayecto-express” como el anterior. En tal caso tendríamos que plantearnos la llegada a Inglaterra, como muy pronto, para el domingo. En tal caso no es lo mismo hacerlo por la mañana, lo que nos dejaría la tarde libre para alguna visita, que llegar después de comer, lo que implicaría forzosamente la pérdida de ese día a efectos de “aprovechamiento turístico”. A veces la diferencia puede estar en un par de horas a lo sumo, las que van de salir pronto por la mañana a no hacerlo.

 

  • En fin, el ejemplo anterior sólo pretende llamar la atención en cómo pequeños detalles de planteamiento (en ese caso decidir madrugar o no) puede tener consecuencias muy diferentes. Valorar qué manera de hacer una etapa es mejor o no es cosa de cada cual... y de sus gustos.

 

 

 

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