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Viaje a Normandía y Bretaña

Del Desembarco de Normandía

a los

Menhires de Obélix
 

 


 

FICHA TÉCNICA DEL VIAJE

Agosto/Septiembre 2001 (datos actualizados en 2011)

Duración del viaje: 18 días y medio

 6.160 km.

Relato publicado en “El Camping y su Mundo” (nº 168/169 - junio y julio 2002)

 

Nota: A pesar del tiempo transcurrido desde la realización del viaje, se ha actualizado toda la información susceptible de ser puesta al día, por lo que su contenido mantiene, en la medida de nuestras posibilidades, su plena vigencia.

 

 Hacemos también constar que la información práctica que se facilita en el relato se hace a título personal, con la intención de que pueda resultar lo más útil y ajustada posible. No obstante recomendamos que, en evitación de sorpresas y contratiempos, antes de emprender el viaje, confirméis los horarios, precios, y demás datos susceptibles de variación o modificación. ¡Y buen viaje!

 

 

RUTÓMETRO

FECHA

ETAPA

KM./DÍA

Martes, 14 de agosto 2001

Valladolid-Área de Bordeaux - Cestas

575

Miércoles, 15 de agosto

Área de Bordeaux - Cestas - Pont L’Évêque

Honfleur y Deauville

701 + 76

Jueves, 16 de agosto

Bayeux y las playas del Desembarco

280

Viernes, 17 de agosto

Pont Audemer - Rouen - Les Andelys

269

Sábado, 18 de agosto

Beauvron en Auge - Caen - Lisieux

160

Domingo, 19 de agosto

Traslado Pont L’Évêque - Mont St. Michel

Dol de Bretagne - Cancale

184 + 120

Lunes, 20 de agosto

Dinan - St. Malo - Dinard

167

Martes, 21 de agosto

Traslado Mont St. Michel - Mayenne

Fougères - Vitré

86 +152

Miércoles, 22 de agosto

Laval - Le Mans

232

Jueves, 23 de agosto

Traslado Mayenne - Lannion

Ruta por la Costa del Granito Rosa

271 +51

Viernes, 24 de agosto

Ploumanac’h - Morlaix -

Recintos parroquiales y Huelgota

216

Sábado, 25 de agosto

Traslado Lannion - Plougastel (St. Jean)

Landerneau - Pleyben - Locronan Quimper

88 + 92

Domingo, 26 de agosto

Brest - Península de Crozon

206

Lunes, 27 de agosto

Traslado Plougastel (St. Jean) - Baden

Golfo de Morbihan

184 -113

Martes, 28 de agosto

Auray - Carnal - Vannes

119

Miércoles, 29 de agosto

Lorient - Quimperlé - St. Cado

239

Jueves, 30 de agosto

Traslado Baden - Romagne - St. Just

373 + 186

Viernes, 31 de agosto

La Rochelle - Talmont - Mornac

260

Sábado, 1 de septiembre

St. Just - Valladolid

760

 

TOTAL

6.160

 

DE VALLADOLID A NORMANDÍA, VÍA NANTES

 

A las cuatro de la tarde del 14 de agosto, partíamos de Valla­dolid hacia tierras normandas. Para llegar a la frontera utili­zamos la autovía de Vitoria a San Sebastián, en lugar de ir por la au­topista de peaje de Bilbao. ¡Cómo han cambiado las cosas en diez años!

 

NOTA ACTUAL: La ruta ideal para alcanzar la frontera de Irún/Hendaya ha cambiado mucho desde 2001. Pincha aquí para ver la mejor ruta para llegar a Normandía y al norte de Francia.

Si el destino inicial es Bretaña o la zona del Mont St. Michel (el oeste de Normandía) la mejor ruta es la autopista A-10 hasta Niort y, una vez allí, tomar la A-83, de peaje, hasta Nantes.

En cambio, si el destino inicial son los alrededores de Rouen (Este de Normandía), entonces es preferible seguir la ruta que se sugiere en el enlace anterior. Eso sí, habéis de tener en cuenta que hasta Burdeos el trayecto es común, por lo que las indicaciones son válidas en ambos casos,

La web www.viamichelin.es es muy interesante para calcular rutas e indica el coste de los peajes que podamos encontrarnos durante el itinerario.

 

Pero volvamos al relato original...

Viajamos con nuestra caravana “Rapido Club 39 T" y tuvi­mos un cómodo trayecto de 600 km hasta el área de autopista de ''Burde­os-Cestas", lugar de pernocta habitual cuando cruzamos Francia y donde, sorprendentemente, encontramos muchas menos dificultades para esta­cionar. A pesar de ser bastante gran­de, habitualmente suele estar hasta arriba de gente que ha tenido la mis­ma idea que tú. Ambos lados del área están conectados por un túnel que cruza la autopista y que se encuentra al lado del hotel “Campanile”, tanto en un sentido como en otro. Generalmente el área dirección Burdeos suele estar más llena que la otra, así que si no encontráis donde aparcar, cruzad al otro lado –dirección España- y allí seguramente no habrá problema para pernoctar.

 

Nuestro primer destino era el pueblecito normando de Pont L'Evêque, donde nos estarían esperando nuestros amigos caste­Ilonenses, Nany y Pepe, compañeros habituales de aventuras.

 

Aunque la ruta "más directa" a Pont L’Evêque, sería  vía Tours y Le Mans por la autopista de peaje A-28, lo que no sucedía en 2001, por eso mismo preferimos en su momento ir por la ruta de Niort, Nantes, Ren­nes y Caen, porque casi toda discurre por autovía gratuita desde Nantes.

 

Claro que puede interesar ir vía Nantes, haciendo 45-50 km que por la A-28, pero ahorrando un buen puñado de euros en peajes (unos 25 € sin contar recargos). La web www.viamichelin.es es muy interesante para calcular rutas e indica el coste de los peajes que podamos encontrarnos durante el itinerario.

 

LOS PEAJES DE AUTOPISTA Y LOS COMBUSTIBLES FRANCESES

 Y es que en Francia hay que tener en cuen­ta que las autopistas cobran diferen­tes peajes según el tipo de vehículo y su altura. Las caravanas y autocaravanas suelen pagar aproximadamente un 50% de recargo respecto a lo que paga un turismo, aunque si el remolque no supe­ra los dos metros de altura, entonces paga lo mismo que un coche, que es nuestro caso. Nuestra "Rápido" mide menos de dos metros de altura en posición de circulación, lo cual es una ventaja más que interesante. ¡Por algo está hecha en Francia!

 

No obstante, si os encontráis en un caso similar nuestra recomendación es pasar siempre por las vías automáticas de pago con tarjeta, pues de esa manera evitaremos alguna que otra discusión con quien esté de cobrador en taquilla, pues no es raro que ellos mismos desconozcan la normativa y pretendan cobraros el recargo sólo por llevar una caravana, obviando el tema de la altura. No obs­tante, basta con explicar que la altura es inferior para que rectifiquen sin de­masiados problemas, incluso alguna vez ha sido necesario mostrar la documentación de la caravana a algún taquillero suspicaz. Las autocarava­nas también pagan más que un turis­mo, pues es obvio que rebasan los dos metros de altura...

 

Los vehículos con altura inferior a 2 metros pertenecen a la clase 1 y los otros, a la 2. Por eso mismo cuando no nos queda otro remedio que pagar en una garita “con bicho”, me curo en salud avisando “Je suis classe "Un" (1)”. Y no suele haber más problema, aunque en alguna ocasión nos haya costado discutir amargamente con alguna que otra taquillera recalcitrante… Leer más sobre peajes en Europa...

 

Otro asunto a tener muy presente es el precio del combustible. En el país vecino, la competencia y la libertad de precios entre gasolineras es un hecho real. Y aunque en los últimos años las diferencias se han ido reduciendo, to­davía es posible extraer algunas con­clusiones interesantes.

 

En general, los precios más altos corresponden a las autopistas y autovías y los más bajos a los surtidores de los supermercados. Desde hace ya bastantes años venimos repostando gasóleo en estaciones de servicio de supermercado y no hemos tenido ningún problema reseñable. No obstante siempre que la diferencia de precio no sea abusiva procuramos hacerlo en gasolineras de marca. 

  

Y LLEGAMOS A NORMANDÍA…

 Salimos de Burdeos a las seis de la mañana y nos encontramos con nues­tros amigos en el camping "Le Brevedant"-cercano a Pont L’Evêque- a las 14 horas, después de 700 kilómetros de tranquilo viaje.

 

La circunvalación de Burdeos es complicada en época estival debido al tremendo tráfico que soporta. Por eso mismo nunca salimos del área de Cestas después de las siete de la mañana. En verano a media mañana hemos tenido ya muy malas experiencias con los atascos y no es plan. Así que procurad pasar Burdeos a primera hora de la mañana o a última de la tarde. Habitualmente emprendemos la marcha entre las seis y las siete de la mañana. Es la manera de evitar follones y llegar a destino a horas razonables por lejos que estén, siempre dentro de Francia, claro.

 

EL CAMPING "LE BREVEDANT"

 El día 15, la Virgen de Agosto, también festivo en Francia, se dejó notar en la falta de tráfico, lo que se agradeció. El camping estaba muy Ileno. Cuel­ga de forma habitual el cartelito de "completo", pero no hagáis caso. Si vais a ir, entrad y preguntad. Seguro que podréis acampar. Está bien equipado, aunque el aspecto general es bastante vetusto. Casi tanto como el “Château”, que es su “emblema”. Ese desvencijado palacete del siglo XVIII al­berga la cafetería y otras dependencias, pero le da un encanto especial. El en­torno es muy bonito, dispone de pistas deportivas y piscina climatizada incluida en el precio, e incluso biblioteca. Ade­más, hablan español. ¿Nueve años después cómo estará?. Seguramente Internet nos ayude bastante a saberlo… algo que antes no estaba al alcance de la mano…

 

A pesar de que todo el viaje trans­currió bajo nubes grises, lo cierto es que Normandía nos recibió con una verdadera bofetada de calor.  ¡Allí se achicharraban hasta los lagartos!.

  

HONFLEUR Y DEAUVILLE

 Después de comer, la primera visi­ta turística fue al pintoresco puerto de Hon­fleur. Precioso. No es de extrañar que haya inspirado a tantos pintores ni a tantos visitantes. No cabía ni un alfiler. Visita imprescindible en todo viaje a Normandía que se precie. Los miércoles por la tarde ponen un mercadillo vespertino, hasta las 22 horas, que da una animación tremenda al pueblo, por si no fuera suficiente la que ya tiene normalmente… A las afueras, pero a un paso del centro del pueblo, hay un área para autocaravanas.

Nota actual: En 2008, en el transcurso del viaje al norte de Francia, pasamos de nuevo varios días recorriendo parte de Normandía. Y, por supuesto, regresamos a Honfleur, que para eso es un pueblo precioso. Pincha en el enlace para saber más de nuestro retorno a Normandía (y algo de Bretaña).  

El encantador puerto de Honfleur

  Finalmente, tras recorrer sus animadas callejuelas y con­templar su iglesia enteramente de ma­dera, nos acercamos a Deauville, una "glamourosa" población costera, famo­sa por su festival de cine norteameri­cano. Lo del "glamour" no es retórica, basta con fijarse en los numerosos "Rolls", "Jaguar" o "Mercedes" aparca­dos en las calles, para comprobar que el nivel de vida de sus dueños no debe estar precisamente en la cola de la renta per cápita del país.

 

Las casas de madera entramada -de estilo norman­do- forman también parte del decorado, como en la gran mayoría de pueblos de la zona. El lugar más famoso de Deauville -exceptuando el Casino y el Hipódro­mo- es la "Promenade des Planches", al borde de la playa tapizada de sombri­llas multicolores. Teóricamente se trata de un reputado paseo hecho a base de tablas de madera noble afrlcana. Cosa que no dudamos, pero cuando lo vimos en su momento, la desilusión estuvo servida. ¡Aquello era un simple en­tarimado de tablas ajadas y despinta­das!.  

Deauville: La Promenade des Planches

 Mucho más curiosas e interesan­tes son las barandillas que separan las hileras de casetas de baño. Cada una de ellas está bautizada con el nombre de actores y actrices nortea­mericanos, que para eso es una festival “USA style”. El ayuntamiento, de entra­mado de madera, resulta espectacular por los macizos de flores que lo ador­nan. Es admirable el buen gusto francés para la decoración floral. No hay pueblecito galo que no haga gala de ello.

  

BAYEUX Y LAS PLAYAS DEL “DIA D”

 El jueves 16 de agosto sería el día en que regresaríamos a las famosas "playas del Desembarco de Norman­día". Habían pasado siete años desde la anterior visita y nos apetecía volver, en particular a nuestro hijo Miguel, de ca­torce años.

 

Empezamos la jornada visitando Bayeux, milagrosamente indemne du­rante la batalla y "primera ciudad" fran­cesa liberada. Las "joyas" de Bayeux, además de su catedral, son el "Museo del Tapiz de Guillermo el Conquista­dor" y el "Museo del Desembarco", uno de los más grandes y más comple­tos de los muchos que hay por la zona. 

Bayeux. La catedral

 El "Tapiz de Bayeux" es uno de los tesoros medievales que también milagrosamente nos ha legado la historia, pues mil años no pasan en balde. Los 70 metros de longitud del tapiz del siglo XI -raro, pero perfec­tamente conservado, de ahí su extraor­dinario valor- narra el épico desembar­co y posterior conquista de Inglaterra por el rey normando Guillermo en 1066, tras derrotar al rey sajón, Harold, en la batalla de Hastings. Evidentemente después de aquello pasó a ser “El Conquistador”. www.tapisserie-bayeux.fr 

Bayeux. Fragmento del "Tapiz de Bayeux"

 Casi puede afirmarse sin temor a equivocarnos que es el primer “comic" de la historia. Sus dibu­jos narran perfectamente la batalla y, además, permiten conocer de primera ma­no aspectos interesantes de la vida de entonces. En el museo no sólo puede verse el tapiz, también hay audiovisua­les, maquetas, paneles, etc. Los auricu­lares de alquiler permiten seguir la ex­plicación del tapiz en español.

 

Y AHORA, UNA DE "BATALLITAS"...

 


 Tras comer vimos el pe­queño museo de encaje de bolillos y el Museo del Desembarco. Allí, los af­icionados a la batalla que cambió el rumbo de la historia, encontrarán uni­formes, armamento, carros de comba­te, aviones, material diverso, recortes de prensa y todo lo que se pueda imaginar sobre el tema. Otro de los hitos del viaje, si el acontecer del desembarco interesa, claro. Pincha aquí para la web del museo. 

Bayeux. Exterior del Museo del Desembarco

 Después nos trasladamos “al esce­nario de la batalla”. Empezamos por la Pointe d'Hoc, a 33 kilómetros al oeste de Bayeux. Aunque ya la conocíamos, todavía impresiona contemplar los cráteres de las bombas que aún alfombran el peñasco que los Rangers tomaron escalando el acantilado. Evidentemente muchos no vivieron para contarlo. Una placa recuerda su sacrificio.  

La Pointe du Hoc. Observad los cráteres...

 

Aquí los cráteres se ven de más cerca...

 En la playa más famosa y sangrienta del desembarco - "Omaha beach"- nos hicimos la preceptiva foto bajo el monolito conmemorati­vo. Contemplando la placidez del sitio, que aún muestra algún resto de forti­ficación, cuesta imaginar la carnicería que allí tuvo lugar.   

Barcaza de desembarco en Omaha Beach

 A modo de "am­bientación", el chico y yo habíamos visto en casa la película de Splelberg,  "Salvar al soldado Ryan".  Sobrecogía rememorar las escenas en el mismo lugar de los hechos. La película es fuerte, guerra en estado puro, quizás por eso resulta tan estremecedora. Ojalá aquello no volviera a repetirse. Lo malo es que la humanidad no pa­rece darse por aludida...

 

De allí nos trasladamos al cementerio norteamerica­no. Todos lo conocíamos ya y fue un consuelo porque estaba cerrado. Es un lugar conmovedor. Ver aquellas 10.000 cruces blancas y algunas "Es­trellas de David" sobre el verde césped, es una experiencia difícilmente olvidable. No obstante, la zona está sembrada de camposantos a pie de la carretera, así que nadie se quedará sin poder visitar alguno si las cosas se ponen cuesta arriba.

 

En Longues sur Mer aún se pue­den ver varios búnkeres alemanes que conservan las baterías costeras. Se pueden visitar libremente.  

Búnker alemán en Longues sur Mer

 En Arromanches todavía se pueden con­templar los restos del puerto artifi­cial que los aliados remolcaron des­de Inglaterra y que jugó un papel decisivo en el éxito de la batalla, al asegurar el abastecimiento de las tropas en los primeros días del desembarco. Sin él, la historia hubiera teni­do un color muy distinto. Hay que pensar que hasta que no se liberó el puerto de Cherburgo, -lo que llevó un cierto tiempo- los aliados ca­recían de un lugar adecuado para el desembarco de tropas, material y combustible. Así que decidieron lle­várselo puesto.

 

Acabamos el día en el "Pegasus Bridge", el primer puente liberado por los comandos británicos en la madrugada del desembarco, crucial por su situación estratégica.

 

En 2008 nos dedicamos a la península de Cotentin y, además de visitar el Museo Airborne, de los paracaidistas norteamericanos, en St. Mère Église, el primer pueblo liberado de Francia, nos dimos una vuelta por Utah Beach, mucho más afortunada para la infantería norteamericana. Allí el número de bajas fue mucho menor. Lee más sobre esa visita... 

Escena en el Museo Airborne

  

Utah Beach

 

PONT-AUDEMER, ROUEN Y PUEBLOS TÍPICOS NORMANDOS

 El viernes íbamos a explorar el es­te de Normandía, siendo Rouen el plato fuerte del día. Empezamos en Pont-Audemer, localidad apodada co­mo la "Venecia normanda". Ya sabéis, en cuanto una localidad tiene un par de ca­nales, el sobrenombre de "La Venecia de..," está garantizado. Luego la reali­dad pone las cosas en su sitio. De to­das maneras es un pueblo pintoresco que dispone de rincones verdaderamente bonitos. El viernes es día de mercado –probablemente el mejor día para visitar el pueblo, teniendo en cuenta que el mercado cierra a las 12 del mediodía- y allí hici­mos los debidos honores a la gastro­nomía normanda: sidras y quesos se llevan la palma. Estamos en la tierra del “Camembert”, el “Livarot” o el “Pont I'Evéque”, un auténtico placer para el paladar. 

 

"Marché" en Pont-Audemer

 

 

 

Pont Audemer, "La Venecia normanda"...

 

ROUEN

 Rouen, la capital de Normandía, es una maravilla. El "no va más" es su catedral gótica, con su im­presionante aguja. No obstante Rouen tiene tantas y tan impresionan­tes iglesias góticas, que resulta difícil elegir la más bonita. No merece, en cambio, la misma opinión la ultramo­derna iglesia de la plaza del "Vieux Marché", donde quemaron a Juana de Arco. Rouen, llena de rincones pinto­rescos, destaca por sus numerosísimas casas de entramado de madera, algo difícil de ver en ciudades de gran tamaño.  

Rouen. La place du Vieux Marché

  

Rouen. La catedral

  

El famoso reloj...

 Cerca de la Rue de Martainville, llena de casas de entramado, se encuentra el especialmente curioso “Aître de St. Maclou” - un gran patio interior que durante la peste del siglo XVI sirvió de improvisado camposanto. Las tétricas calaveras grabadas en la madera de las ventanas que lo circundan atestiguan aquella función… 

Rouen. Casas de entramado

  

Rouen. Aître de St. Maclou

  

Una de tibias y peronés...

 

LOS ALREDEDORES DE ROUEN

A media tarde nos acercamos a Lyons La Fóret, típico pueblecito nor­mando, notable por su conjunto de casas de entramado y su mercado cubierto. Pertenece a la ''Asociación de pueblos más bonitos de Francia".

 

Por último, acabamos el día en Les Andelys, poblaciones hermanas si­tuadas junto a un enorme mean­dro del río Sena. Los pueblos no valen la pena, pero la vista que se tiene de ellos desde el castillo de Ricardo Corazón de León –recordemos que la región fue inglesa mu­chos años- es fantástica, con el río a los pies, el castillo a un la­do y el pueblo a otro. El lugar es idílico, especialmente a la puesta de sol.  

Les Andelys. Con el Sena al fondo.

 

CAEN, “LE PAYS D’AUGE” Y LA SIDRA NORMANDA

 Para el sábado habíamos reservado la visita a Caen y el "Pays d'Auge", probablemente la región más típicamente normanda, con sus campos sembrados de gran­jas, bodegas de sidra y castillos. El buen tiempo no quiso acompañarnos.

 

El cielo abrió sus puertas y tuvimos una bonita y lluvio­sa mañana de verano. Beuvron en Auge -también de la "Asociación de pueblos más bonitos de Francia"- es un menudo y precioso conjunto de casas de entramado. El escaparate de la pequeña panadería que hay cerca de la plaza es sencillamente espec­tacular por sus obras de arte hechas en pan, de aromas absolutamente embriagadores. Es visita obligada, al igual que al diminuto despacho de venta de sidra casera del cosechero Jacky Kokinos, situado en la misma calle.  

Beuvron en Auge

  

Más Beuvron en Auge (en 2008)

 Es la sidra más deliciosa que hemos probado en toda la zona y no es nada cara. Él mismo nos explicó que los primeros manza­nos normandos fueron llevados de Asturias a Normandía. De todas maneras hemos de decir que la sidra que compramos en los supermercados resultó muy buena. No obstante, conviene probar unas cuantas marcas antes de hacer acopio, porque los precios varían bastante, pero el sabor, no tanto, así que no os preocupéis si os decidís por las más económicas. Acertaréis y no hay necesidad de gastar de más, ¡aunque para gustos se han hecho los colores! Otras dos bebidas típicas de la re­gión son el "Calvados" -aguardiente a base de manzana- y el "Pommeau", un licor mezcla de sidra y Calvados. El "Poireau" es una sidra muy seca hecha a ba­se de pera.

 

CAEN

Vimos Caen bajo un cielo gris y plomizo, de esos desesperantes de fotografiar. La ciudad no vale gran cosa a causa de su casi total destrucción du­rante la Batalla de Normandía, pero encierra puntos de gran interés, como la im­presionante "Abbaye aux Hom­mes", fundada por Guillermo el Con­quistador. Curiosa resulta también la visita a la catedral de St. Pierre. Una simpatiquí­sima señora nos contó encantada la historia de cada rincón de la catedral, en francés, claro. 

Caen. Abbaye aux Hommes

 Nota: Diez años después de aquella visita me atrevo a afirmar, sin temor a equivocarme, que la buena señora, si aún nos acompaña en este mundo, debe estar mucho más dedicada a menesteres más tranquilos en su casa que a hacer de “guía cultural”.

 

LA BASÍLICA DE LISIEUX Y SANTA TERESITA DEL NIÑO JESÚS...

Comimos en el camping y por la tarde nos acercamos a Lisieux, donde se encuentra la gigantesca basílica del siglo XX dedicada a Santa Teresita del Niño Jesús, no en vano fue su ciudad natal. Vale la pena verla sólo por sus enormes proporciones y por el colorido de su interior. De todas ma­neras uno se pregunta si está justifica­da en la actualidad una ostentación de tal calibre...  

Lisieux. La Basílica

  

¡ADIÓS NORMANDÍA, HOLA, BRETAÑA!. EL MONT SAINT MICHEL

 Con el domingo llegó el momen­to de aproximarnos a Bretaña. A las 7,15 horas dejamos el camping para dirigirnos al Mont St. Michel, maravilla de maravillas y uno de los monumentos más visitados de toda Francia, situado a 185 kms de distancia. 

El Mont St. Michel con marea baja

 Un fortísimo viento frontal empañó la placidez del viaje, pero a las 9,45 horas acampamos en el cam­ping "Saint Michel", dotado de muy buenas instalaciones. Después de desayunar nos acercamos al Mont St.Michel.

 

Nota: Hay varios camping cerca del Mont St. Michel y suelen estar petados en verano, por lo que no es mala idea reservar la plaza con antelación. De hecho en 2008 intentamos volver al camping "Saint Michel" y no pudimos. No había plazas. Mejor echad un vistazo al relato del viaje al norte de Francia, donde comentamos este asunto ampliamente...

 

En el aparcamien­to nos sorprendió una fugaz nube negra que nos empapó completa­mente a pesar del paraguas y el chu­basquero, que de poco sirvieron. La zona de parking, de pago, próxima al Mont, se inunda cuando sube la marea. Hay carteles que avisan de la hora máxima para retirar el coche. Así que ojo al dato, como después veréis…  

Tras el chaparrón, la foto de rigor.

 

 

Quien avisa...

 

Nos hacía mucha ilusión volver al cabo de siete años y guar­dábamos un excelente recuerdo de la anterior visita, pero tanta gente le quitó todo el encanto. La Grande Rue" -que de grande sólo tiene el nombre, pues es estrecha como una anguila- iba tan abarrotada que lo único que podías hacer era apañár­telas para no acabar asfixiado. Por su­puesto, en esas condiciones olvidaros de ver las tiendas de recuerdos, artesanía y comida que la jalonan. Imposible ver nada.  

   

La Grande Rue, petada.

 

En la postal, hay menos gente...

 

   

Haciendo las famosas tortillas

 

de la Mère Poulard a la vista de la gente

 Si a eso añadimos que la visita a la abadía nos decepcionó bastante –era la primera vez que la veíamos- la segunda estancia en el Mont St. Michel no nos dejó el mismo sabor de boca. Eso sí, el as­pecto exterior del conjunto es mag­nífico y por la noche verlo iluminado desde el camping es una pasada.

 

Pero volvamos a la abadía. La entrada costó unos seis euros (de 2001), pero la pena es que es bastante insulsa. Si no se dispone de mucho tiempo, se puede perfectamente prescindir de ella sin ningún remordimiento, evitando de paso las largas colas para entrar.

 

Más interesante fue hacer acopio de las exquisitas pastas y galletas de mante­quilla de "La Baie du Mont St. Michel", cuyo almacén está junto a la carretera, antes de dirigirnos a Dol de Bretagne, ya en tierras bretonas. Recordemos que el Mont St. Michel se encuentra en Normandía, pero justo en el límite con la vecina Bretaña.

 

DOL DE BRETAGNE Y SU "SÚPER-MENHIR"

Dol de Bretagne tiene tres gran­des puntos de interés. Uno en las afue­ras: el "Menhir de Champ Dolent", de nueve metros de altura. Está bien se­ñalizado desde la ciudad. En la propia Dol de Bretagne los otros dos hitos son la Catedral de St. Samson y las casas antiguas de la calle principal, la rue des Stuarts.  

El menhir de Champ Dolent

 En la catedral nos chocó mucho la existen­cia de una pantalla de televisión para cada hilera de bancos, suponemos que será para no per­derse ni un detalle de la misa. Renovarse o morir, está visto.

 

CANCALE: OSTRAS Y "MOULES"

Acabamos el día -afortunadamen­te dejó de llover- en Cancale, famosa localidad por sus ostras y mejillones (moules). Allí cenamos mejillones -las ostras no nos gustan a ninguno- servidos de dos formas: "a la marinera" y "a la crème" -a base de una salsa de nata líqui­da- acompañadas de las inevitables "frites", patatas fritas, para entender­nos. Las raciones son generosas y los precios, si se busca bien, muy razona­bles. Bien regados con una sidra del lugar la experiencia puede ser memo­rable. Tampoco faltan buenas mariscadas, así que anotad este nombre tanto para comer como para cenar… 

 

Cancale

  

Cancale. Ostras y mariscadas a buen precio.

 Por cierto, un nombre que suele producir no pocas confusiones en los restaurantes es el de “Moules frites” que veréis por todas partes. La traducción inmediata sería la de “mejillones fritos”, pero nos equivocaríamos, porque lo que os servirán son mejillones (moules), eso sí, pero acompañados de patatas fritas (frites). La forma de preparar los mejillones, como hemos visto, varía muchísimo y la elección dependerá del gusto del consumidor, nunca mejor dicho.

  

DINAN Y SAINT MALO, LA CIUDAD CORSARIA

 A la mañana siguiente, ya inmer­sos en Bretaña, nos esperaba Dinan, maravillosa localidad medieval, amura­llada y llena de calles de postal. Ir a Bretaña y no recalar en Dinan sería imperdonable. Sus pintorescas calles son preciosas –repletas de comercios, claro- destacando la rue de Jerzual, aunque sólo sea por su marcada pendiente que desciende hasta el puerto del río Rance. Bajar es fácil, subir cuesta algo más. Nosotros regresa­mos por un sendero que discurre por la pared montañosa, algo más llevadera. Se to­ma carretera arriba una vez pasado el puente-acueducto y desemboca en una plazoleta con un enorme roble, detrás de la iglesia de St. Sauveur.  La visita a Dinan nos llevó la mañana completa. En 2008 regresamos, como no podía ser de otra manera. 

Dinan. La empinada Rue de Jerzual

  

Dinan

 A la hora de comer llegamos a St. Malo, ciudad corsaria, fortificada, con la ciudad "intramuros" perfectamente restaura­da después de la devastación sufrida en la guerra. Ya la conocíamos todos, pero siempre es agradable dar un pa­seo por sus calles cuadriculadas, llenas de comercios, paseando entre el bullicio de la gente. Los grandes aparcamientos se encuentran alrededor de “intramuros”, pero después de la experiencia de 2008 –donde nos fue imposible encontrar un lugar donde dejar el coche un sábado por la tarde- si vais a ir en fin de semana, mejor ir por la mañana. Seguramente resultará más sencillo aparcar.  

Saint Malo desde Dinard

 Al borde de la muralla, unos jubilados nos amenizaron la comida mientras les veíamos jugar a la petanca. ¡Qué bolas más bonitas tenían!.  

Saint Malo. Place Chateaubriand

 Más tarde y cruzando la carretera que pasa por encima de una de las pocas centrales eléctricas mareomotrices -la de La Rance­- que existen, llegamos a la ciudad de Di­nard, que no hay que confundir con Dinan. Dinard fue una localidad de moda a finales del siglo XIX y principios del XX y dispone de un interesante abanico de mansiones de veraneo realmente notables. Su visita es prescindible si se dispone de poco tiempo.

 

Casi es mejor dedicar un poco de tiempo a recorrer una curiosidad mitad humana, mitad natural, situada a las afueras de St. Malo, en Rothéneuf. Los “Rochers Sculptées” son la obra de un hombre con una paciencia a prueba de bombas, l’Abbé Fouré, un sacerdote que se quedó sordomudo a los 55 años y que dedicó el resto de su vida a esculpir más de 300 figuras, humanas y mitológicas, en la piedra de un acantilado, a finales del s. XIX y principios del XX. Se puede visitar pagando una módica entrada. ver el relato del norte de francia para saber más sobre la visita.  

Les Rochers Sculptées

 

“MUERTE” EN EL MONT SAINT MICHEL

 A media tarde y con bastante cansancio a cuestas decidimos volver al camping para ver subir la marea en el Mont St. Michel, prevista a última hora de la tarde.  Como suele subir muy rápidamente, es un espectáculo que reúne multitudes a lo largo de la carretera de acceso al Monte.

 

Cuando llegamos a la estrecha ca­rretera de 2 km que va al Mont St. Michel, los gendarmes ya no nos deja­ron pasar y nos desviaron a un aparcamiento al cual no Ilega la marea al­ta. Suele ser el habitual para muchas autocaravanas, aunque está algo alejado del Monte. Como ya hemos comentado, hay otro más próximo, pero es de pago. Este es gratuito y lo primero que nos llamó la aten­ción del aparcamiento -que es un simple descampado- fueron las más de trescientas autocaravanas dispuestas a pasar la no­che allí. Impresionaba contemplar tan­to vehículo blanco tan bien coloca­dito.

 

Iniciamos el paseo hasta las proxi­midades del Mont St. Michel viendo cómo subía el mar, mientras descen­día el sol para ir a esconderse detrás del horizonte. Es increíble ver hasta dónde llega el agua.

 

Por si no fuera suficiente el espectáculo del mar y la puesta de sol, el destino nos obse­quió con una sorpresa impensable como alucinante. Empezamos a observar un gran mo­vimiento de gente y pronto descubri­mos el motivo. En uno de los aparca­mientos más alejados, un solitario Ford Escort corría el riesgo de ser engulli­do por el mar que ya se acercaba pe­ligrosamente a sus ruedas si no lo retiraban rápidamente. El tiempo pasaba y el dueño no aparecía. El agua Ilegaba a la mitad de las ruedas y el estupor embargaba a todos los presentes que nos pregun­tábamos cómo los gendarmes -que en aquel momento habían desapare­cido como por ensalmo- no disponían de alguna grúa para casos como ese. Luego, por supuesto, que cobren la tarifa que les parezca por la retirada, pero un coche "ahogado" es un coche muerto. La noche fue cayendo, el agua fue su­biendo y cuando nos fuimos de allí completamente alucinados, el mar lle­gaba ya a las ventanillas del infortuna­do vehículo. Y el dueño seguía sin dar señales de vida. Vivir para ver.  

 

Una imagen vale más que mil palabras...

 

 

EN LA FÁBRICA “RAPIDO”…

Cenamos tranquilamente y nos despedimos temporalmente de nues­tros amigos, porque durante un par de días nuestro viaje tomaría ca­minos distintos…Nosotros nos dirigiríamos a Mayenne, a 85 km de distan­cia -en la región de Loire Atlantique- sede de la fábrica de nuestra caravana «Rápido», para realizar un reportaje de la visita a la factoría pa­ra «EL CAMPING Y SU MUNDO» que se publicó en diciembre de 2001.

 

Después, desde Mayenne, nos acercaríamos a la ciudad de Le Mans y a otras localidades de la zona. Por su parte, Pepe y Nany prefirie­ron quedarse un día más en el Mont St. Michel, reposando bajo su adorado toldo y contemplando plácidamente cómo su­be la marea, para trasladarse al día si­guiente a Lannion, el punto de reunión acordado para dos días después.

 

Acampamos en el camping munici­pal de Mayenne. Una pasada. Pequeño pero matón. Y baratísimo. Al borde del río, las parcelas son enormes -de más de 100 metros cuadrados- y dotadas de una mesa de madera por parcela. Su relación calidad-precio es envidiable. Por una pequeña cantidad se puede disfrutar de la piscina y en el bar, por encargo, preparan patatas fritas y mejillones. Es lo que tienen los camping municipales franceses. Los hay malos malísimos y otros buenos buenísimos, pero siempre a precios muy asequibles.

 

La visita a la fábrica «Rápido» fue un momento muy especial, sobre todo por­que conocer en vivo y en directo «la cuna» de tu compañera de viaje es algo tan interesante como inolvidable. Nos atendió con gran ama­bilidad Norbert Waldhäusl, el director comercial de la firma. Y de paso aprovechamos para hacer un pequeño arreglillo en la caravana… 

 

En la fábrica "Rapido"

 

LAS MEDIEVALES FOUGÈRES Y VITRÉ

Después de comer nos fuimos a Fougères y Vitré. Dos excepcionales ciu­dades medievales situadas en tierras de Bretaña. Fougères lo es por su castillo amurallado de cuento de hadas. La vista desde el mi­rador de la catedral es alucinante. 

 

La amurallada Fougères

 

Las sorpresas seguían haciendo su aparición y, cosas del azar, aparcamos justo al lado de... ¡el coche de nuestros amigos!. Allí estábamos todos sin saber­lo. Logramos encontrarnos –benditos teléfonos móviles- dimos un paseo y nos despedimos hasta el jueves.

 

Vitré es una pequeña ciudad, con un castillo y un casco antiguo real­mente espectacular. Bajo un sol de justicia nos pa­seamos por sus calles, disfrutando sus bonitos edificios de entramado. Algunos son una auténti­ca pasada, especialmente los de la rue Baudrairie. Terminamos el día en Mayenne, cuya vista des­de el río es muy bonita. 

 

Vitré. Inequívocamente francesa...

 

 

LE MANS, CUNA DE LAS “24 HORAS”

 El miércoles 22 de agosto nos lo to­mamos con un relax inusual en nuestros viajes. Hicimos unas compras en el híper y nos fuimos a Laval. Laval es una ciudad similar a Mayen­ne, que se levanta a ambos márgenes del río. También tiene castillo, casas anti­guas y una rareza: los barcos-lavaderos, casetas flotantes que hasta los años sesenta se estuvieron utilizando como la­vaderos colectivos. «Reliquias» cuida­dosamente restauradas de las que ya ape­nas quedan ejemplares en Francia. 

 

Laval. Los "barcos-lavadero"

 

A la hora de comer llegamos a Le Mans, ciudad famosa por ser la sede de una de las carreras automovilísticas más famosas del mundo: ¡Las 24 horas de Le Mans!. Para un servidor, gran aficionado al automovilismo, poder recorrer parte del circuito, que discurre por carreteras abiertas al tráfico, fue realmente una «experiencia cuasirreligiosa». Me lo pasé de miedo, especialmente en la larguísima y mítica recta de “Hunaudières”, de 4 km de longitud. Vale, no se podía correr más de la cuenta, pero… ¡eso qué importaba!. 

 


 

Aún mucho antes habíamos he­cho los honores al « Vieux Mans», una auténtica pasada de arquitectura de épo­ca perfectamente preservada. El casco antiguo, rodeado de las únicas murallas galo-romanas que se conservan, te su­merge en plena Edad Media aunque no quie­ras. Sus callejuelas han sido testigos del rodaje de multitud de películas. Familiar les resultará a quienes hayan visto «Cy­rano de Bergerac», de Gérard Depardieu. Por el casco viejo hay multitud de "recuerdos" dedicados a las "24 horas"... 

 

Lo dicho...

 

 

REENCUENTRO EN LANNION 

A la mañana siguiente nos despedi­mos de Mayenne para reencontrarnos con nuestros amigos en Lannion, localidad situada en la famosa «costa del Granito Rosa», al norte de Bretaña. El jueves es día de mercado en Lannion. Acampamos y nos fuimos a re­correrlo. Inmenso, simplemente inmen­so. Todo el centro del pueblo estaba ocu­pado por multitud de tenderetes de ali­mentos y muchos otros artículos.

 

EL EXTRAÑO CASO DE LA "PAELLA ROYALE"...

En uno de ellos se ofrecía una enorme «paella royale» que fue una de las anécdotas del viaje y de la cual todavía seguimos acordándonos. La verdad es la paella tenía muy buena pinta, a pesar del grano largo de arroz y del sobrenombre, claro. Pedimos una ración para probarla y por poco me da un pasmo cuando el tendero -de naciona­lidad indescifrable- nos preguntó -cu­charón en ristre- ¡si le echaba salsa a la paella!.

 

Alarmado por aquel amenazador cucharón a punto de derramar una des­conocida salsa en la pobre paella, no pude por menos que soltar un ¡Noooo! que dejó pasmado al osado tendero y a todos los que allí estaban. Pero lo mejor de todo fue cuando empezó a exclamar muy ufano que a la pae­lla, por supuesto, se le echaba salsa, alegando en su defensa “que en Málaga así lo hacían”. Inútil fue convencerlo de que ni la paella es típica de Málaga ni que, por supuesto, se le echase nada por encima.

 

Volviendo a la paella y salvando el detalle de su sabor ligeramente picante -al «estilo malagueño», suponemos­- hemos de concluir que estaba bastante ri­ca. Evidentemente por ser «royale», por­que «valenciana», ¡ni por asomo!.

 

Opinión mucho menos favorable nos mereció la « andouille», embutido local de gran predicamento por aquellos lares, hecho a base de tripas. ¿Andoui­lle?. No, gracias. Volvimos al camping, donde nuestros amigos nos estaban esperando con un enorme ramo de flores para festejar el santo de Rosa. Un detallazo.

 

L'ÎLE GRANDE Y EL MENHIR "CRISTIANIZADO"

 

Por la tarde, de camino al centro de protección de aves de L'île Grande, nos detuvimos en el curioso menhir «cristia­nizado» de Trébeurden, al que han es­culpido en la punta una cruz. Después de la foto de rigor, llegamos a L'île Grande. En esta zona se encuentra la reserva de aves marinas de «Les sept îles», una de las más importantes de Francia. Desde Perros-Guirec salen diariamente lanchas que permiten observar las colonias de cormoranes y otras especies.

También tuvimos ocasión de visitar el enorme menhir "cristianizado" de St.Uzec, entre Penvern y Pleumeur Bodou. Curioso el apaño, la verdad.

 

 

El menhir "cristianizado"

 

 

LA COSTA DEL GRANITO ROSA

Sin embargo, el día aún nos reserva­ba la que iba a ser la penúltima sorpresa: el espectacular paraje de formaciones rocosas de granito rosa de Ploumanac'h. ¡Qué pasa­da!. Nos lo pasamos en grande paseando entre el roquedal de caprichosas formas y color miel. La luz del ocaso aumentaba, si cabe, la belleza del momento. 

 

Ploumanac'h y la Costa del Granito Rosa

 

Llegad en coche has­ta el aparcamiento del faro de Plouma­nac'h y recorred a pie el paraje de oeste a es­te, por la tarde. Con el sol detrás, se disfruta mejor del paisaje. El sitio nos gustó tanto que de­cidimos volver a la mañana siguiente y recorrer por entero «Le Sentier des Doua­niers», el sendero que va desde Perros Guirec hasta el faro, de este a oeste. El recorrido com­pleto es de unos cinco kilómetros.

 

La última sorpresa del día fue toparnos en el camping con  la «furgoneta-pizze­ría» de «Pepe el vietnamita», hecho que satisfizo particularmente a nuestro ami­go Pepe, que ni remotamente imaginaba encontrar un «tocayo» de ojos rasgados y fabricante de pizzas en el norte de Fran­cia.

  

POR EL INTERIOR DE BRETAÑA

 A la mañana siguiente, para ganar tiempo, primero dejamos uno de los coches en el aparcamiento del faro de Ploumanac'h. Después los cinco nos fuimos en el otro coche hasta Perros Guirec, para empezar la excursión por «Le Sentier des Doua­niers». Aunque el tiempo no acompañó, -el día amaneció nublado y brumoso- creemos que no merece la pena la caminata desde Perros Guirec, bastando el recorrido por el roquedal.

 

Después iniciamos una ruta por el in­terior de la Bretaña, empezando por la ciudad de Morlaix, con un interesante centro histórico y un imponente viaduc­to con apariencia de acueducto, para que pase el tren.

 

A pocos kilómetros de Morlaix en­contramos una de las curiosidades más típicamente bretonas que puedan hallar­se: los «Enclos Paroissiaux» o «recintos parroquiales» que son unos curiosos conjuntos monumen­tales de los siglos XVI y XVII, com­puestos por una iglesia, un calvario y otros elementos escultóricos que repro­ducen en granito distintos pasajes de evangelio. Un didáctico modo de ense­ñar «catequesis» a los lugareños de la época. Generalmente bastante bien con­servados, tres destacan por encima del resto: St. Thégonnec, Guimiliau y Lam­paul-Guimilau, aunque no son los úni­cos, ni mucho menos. 

 

El calvario de Guimillau

 

A eso de las seis de la tarde pusimos rumbo a Huelgoat, en pleno «Parque Na­cional de Armórica». Huelgoat es un pueblo sin interés que alberga un precio­so paraje de gigantescas rocas redondea­das recubiertas de musgo, que esas sí son bonitas. Bueno, una excursión interesante, pero no imprescindible. 

 

Huelgoat

 

 

EN EL FINISTERRE BRETÓN

 El sábado amaneció con una espesa niebla que nos acompañó durante los 88 km hasta el camping de St. Jean, en las afueras de Plougastel, en el finisterre bretón. El camping municipal de St. Jean dis­pone de piscina climatizada y cubierta in­cluida en el precio, aunque no las disfru­tamos. La cierran a las ocho de la tarde.

 

Nos acercamos al interesante pueblo de Landerneau, cuya mayor atracción es uno de los pocos puentes habitados que quedan, el Puente de Rohan. Sin espe­rarlo, nos tropezamos con un curioso mercadillo de antigüedades y objetos usados. Incluso los propios habitantes del pueblo sacaban a la calle libros, ju­guetes y objetos para todos los gustos. No nos fuimos con las manos vacías. To­dos nos compramos alguna cosilla. 

 

El puente de Rohan. Landerneau

 

Pleyben fue nuestra siguiente parada para disfrutar de su bien conservado re­cinto parroquial. Le siguió Locronan, un encantador y turístico pueblo entera­mente construido en granito. Hay un parking de pago en la entrada del pueblo. Pertenece a la Aso­ciación de pueblos más bonitos de Fran­cia. 

 

Locronan. Puro granito.

 

La última visita del día fue Quimper. Su centro histórico dispone de algunas casas interesantes y su mayor curiosidad es la nave torcida de su catedral.

  

BREST Y LA PENÍNSULA DE CROZON, “LA PUNTA DE BRETAÑA”

 El domingo amaneció lluvioso. El «Oceanópolis» de Brest es un futurista centro de­dicado al estudio del mar, dividido en tres grandes áreas: la polar, la templada y la tropical. Sus acuarios son especta­culares y dispone de varias atracciones virtuales. Una de ellas simula la inmer­sión en submarino por las profundidades de la costa bretona. Un didáctico modo de pasar la mañana. En cambio, Brest carece prácticamente de interés, exceptuando su mu­seo marítimo. La ciudad quedó arrasa­da durante la pasada guerra y la rehabilitación no fue muy afortunada que digamos.

 

Por la tarde paró de llover y la dedicamos a recorrer la famosa península de Crozon, un paraje desolado y rocoso que forma “la característica punta del mapa de Francia”. Sinceramente, el entusiasmo con que se describen sus parajes en las guías turísticas, no nos parece muy justificado viéndolo en vivo y en directo, pero hay gustos para todo. 

 

Rocas y más rocas en la península de Crozon

 

 

RUMBO AL SUR DE LA BRETAÑA

 Con el lunes llegó la hora de poner rumbo al sur de Bretaña. De camino nos detuvimos en Concarneau, una bonita lo­calidad al estilo de Saint Malo, pero en pequeñito. Su recinto amurallado que se introduce en el mar -La Ville Close-, tiene un sabor y un encanto especial. Era día de mercado y también aprovechamos para degustar las especialidades gastro­nómicas bretonas. Sin ir más lejos, el «far bretón» es un pastel riquísimo. Allí probamos también el helado de sidra o el helado de algas, que no está nada mal. En Bretaña existe una fuerte industria re­colectora de algas marinas para consumo humano. Y se nota.

 

Dejamos las caravanas en el área de autocaravanas que hay en el centro del pueblo. Dispone, por supuesto, de la pre­ceptiva toma de agua y de recarga eléc­trica por diez francos (0’15 € al cambio de entonces). No estaría de más que tomasen nota, por ejemplo, algunos ayuntamientos de nuestro país. Saldría­mos todos ganando.

  

LOS “CAMPING-CHEQUES”

 A las doce y media dejábamos Con­carneau y a las dos de la tarde entrába­mos en el camping «Mané Guernehué» de Baden, en el Golfo de Morbihan, cambiando la bruma anterior por un sol abrasador.

 

Elegimos ese camping de lujo, dota­do de una piscina climatizada con varios toboganes, al haber adquirido en España los «camping-cheques», que funcionaban, en 2001, parecido a los «bono-hotel». Ese sistema permitía por 12,5 euros noche -en 2001-, que dos personas, elementos de acampada y electricidad incluidos, pudieran disfrutar de un amplio abanico de camping de primera línea, siempre que fuera en temporada baja. Los niños pagaban aparte a precio de tarifa. Mediante este sistema el camping nos salió un 50 por 100 más barato. Nos pareció un sistema interesante en su momento, aunque había que tener en cuenta que había que anticipar el pago, pedirlos por correo a «Fácil Viajes S.L», Plaça d'Urquinaona, 5 -6°la 08010 Barcelona, que existían limitacio­nes de fechas y que no siempre era posi­ble encontrar un camping adherido al sistema en la zona que pensabámos visi­tar.

 

Actualmente el sistema continúa existiendo, pero con notables mejoras respecto a lo expuesto. Encontraréis toda la información necesaria en la web www.campingcheque.es

  

RECORRIENDO EL GOLFO DE MORBIHAN Y LOS MENHIRES DE CARNAC

 Después de comer y de ir aclimatán­donos al tremendo calor reinante -re­cordamos de pronto que estábamos en verano, tras las más que suaves temperaturas que habíamos tenido en los últimos días- nos dimos un paseo por el Golfo de Morbihan, hasta  Port de Crouesty. «El pequeño mar» -que eso significa precisamente «Morbihan» en bretón- está sembrado de cientos de pequeñas islas de gran belleza, algunas de ellas habitadas y visitables. Varios barcos ofrecen paseos por el golfo.

 

Al día siguiente, por la mañana, hici­mos un «tour» por una de las zonas más prolíficamente megalíticas que puedan encontrarse en el mundo. Después de pa­sear por el coqueto puerto de St. Goustan, en Auray, nos acercamos al «Grand Men­hir» de Locmariaquer, de 20 metros de al­tura, aunque partido en cuatro pedazos.

 

Los vestigios prehistóricos se encuentran diseminados por todas partes, alcanzando el summum en los «alineamientos de Car­nac». Más de 4.000 menhires alineados en varias filas que alcanzan los 2,5 km es algo que no puede dejar de verse. ¿Ten­dría Obélix algo que ver en ello?. 

 

Descripción

 

Por la tarde nos fuimos a Vannes, la principal localidad del golfo. La ciudad es preciosa por múltiples razones: sus casas de entaramado, sus jardines al pie de su conservada muralla, los lavaderos medievales o la catedral donde está en­terrado San Vicente Ferrer, valenciano de nacimiento. Nuestro amigo Pepe dis­frutó mucho con la visita, especialmente tras haber encontrado a su paisano. 

 

Jardines en la muralla de Vannes

 

 

LA “BONITA” LORIENT, EL “VÍCTOR PLEVEN” Y EL FIASCO DE LA BASE DE SUBMARINOS…

 El sol decidió irse de nuevo de vaca­ciones y el miércoles se despertó con llu­via y niebla. Esa mañana teníamos pre­visto trasladarnos a Lorient, a 50 km de distancia, con intención de visitar la base de submarinos construida por los alema­nes y que constituye la mayor fortaleza militar que se conserva en la actualidad. Desde ese punto partían los famosos “U-boot” alemanes que tantos navíos hundieron durante la batalla del Atlántico.

 

También queríamos conocer el “barco­ museo” «Victor Pleven», buque-factoría especializado en la captura de bacalao en las costas de Terranova. Pepe y Nany optaron por pasar la mañana en Rochefort en Terre, del que más adelante hablaremos.

 

Después del madrugón, la Guía Michelin nos jugó una mala pasada. A las nueve estábamos en el «Victor Ple­ven» dispuestos a iniciar la jornada, pe­ro... ¡ay! los horarios habían variado a fi­nales de agosto sin saberlo. Muy contrariados y para pasar el tiempo nos acercamos a Quimperlé, pue­blo supuestamente estupendo según el autor de la Guía Fodor's. Pues tampoco valía mucho la pena, que digamos.

 

Esas cosas pasaban en la época “pre-internet”, porque hoy en día, afortunadamente, la red de redes nos informa bastante bien y gracias a las fotos es facilísimo calibrar a priori si un lugar merece o no la pena ser visitado. ¡Abajo la tiranía de las descripciones demasiado entusiastas de los redactores de guías turísticas!. Cuántos kilómetros no habremos hecho en balde guiados por una descripción demasiado optimista…

 

El “Víctor Pleven” fue desguazado en 2008. Una verdadera pena, pero aún así y como testimonio conviene seguir con la descripción de la visita que pudimos realizar en 2001, debidamente “actualizada” usando para ello el “tiempo pretérito”.­

 

El "Víctor Pleven" antes de acabar en el desguace...

 

Al menos la visita el buque bacaladero « Vic­tor Pleven» mereció la pena. Estaba muy bien am­bientado con maniquíes que reproducían las durísimas condiciones de vida de los pescadores que pasaban tres meses en al­ta mar, soportando el hielo y las enormes olas. Gracias a aquella visita, cuando ahora comemos pescado congelado, nos acordamos que alguien se ha estado jugando el tipo para que no­sotros podamos tenerlo en el plato. Fue una visita amena, didáctica y muy apropiada cuando se viaja con chavales, como fue nuestro caso. Una verdadera lástima su final porque era una atracción verdaderamente interesante y que nos gustó mucho.

 

Escena en el interior del "Víctor Pleven"

 

Pero las desgracias de aquel día no habían acabado. A las dos menos diez llegamos a las taqui­llas de la base submarina, pero... ¡oh, sorpresa!... sin previo aviso las habían abierto a la una y media y ya se había completado el grupo de las dos de la tar­de, compuesto únicamente por 20 perso­nas. La visita es guiada. Así que si que­ríamos ver la base, teníamos que esperar hasta las tres de la tarde. Hartos ya de es­perar decidimos poner fin a tan nefasta mañana y volvimos desesperados al camping. ¿Hubiera costado mucho indi­car en el cartelito que la taquilla abría media hora antes?. Nos hubieran hecho un gran favor.

 

En 2011 la visita a la base de submarinos alemanes continúa siendo guiada, con 19 personas como máximo, con reserva previa en la oficina de turismo de Cap l’Orient. Para más información ver:

 http://www.lorient.fr/Agenda_-_Detail_d_un_e.71+M52e8e0c613f.0.html?&tx_agendasgl_pi1[backid]=115&tx_agendasgl_pi1[event]=731

  

Y DEJAMOS BRETAÑA… PARA VER MONOS Y DARNOS UNA PALIZA

 Por la tarde, después de una reconsti­tuyente siesta, nos acercamos a una feria de productos típicos en una granja cerca­na. Tampoco fue gran cosa y acabamos el día en el coqueto pueblecito de St. Cado, situado en mitad de una laguna. Con ello poníamos fin a las vacaciones en Bretaña.

 

Salimos del camping a las ocho de la mañana del jueves 30 de agosto y, por pura chiripa, al rodar detrás suyo, advertimos que había apa­recido en la rueda izquierda de la cara­vana de nuestros amigos un bulto en el flanco del neumático. En el aparcamien­to de un supermercado procedimos a cambiar la rueda y entonces sí llegó el momento de la despedida definitiva. Ellos pusieron rumbo a Andorra y noso­tros, por recomendación suya, pasamos de camino por Rochefort en Terre. ¡Qué maravilla de pueblo!, las fachadas de piedra recubiertas de flores son una pre­ciosidad. Visita totalmente recomenda­ble. Pertenece a la Asociación de Pueblos más bonitos de Francia, pero éste sí hace honor al nombre, no como algunos otros...­ 

Rochefort en Terre

 

Ya rumbo hacia casa, aprovechamos ese día para vi­sitar «La Vallée des Singes», situado en Romagne, al sur de Poitiers. Ello nos obligaba a dar un importante rodeo antes de llegar a Sant Just, en la costa atlánti­ca, -donde se situaba el camping que habíamos infaustamente elegido con los dichosos camping-cheques-  pues nos apetecía visitar ese parque exclusivamente dedicado a distintas es­pecies de monos que viven en libertad y que se te suben encima en cuanto te des­cuidas. Es muy divertido. Llegamos a las cuatro de la tarde. Más información en www.la-vallee-des-singes.fr

 

 

Ahora ya no permiten que los monos se suban encima...

 

Realmente fue una paliza de viaje. Salimos del parque a las 19,15 horas y «sólo» nos esperaban 170 km hasta el camping «Sequoia Park» de St. Just, al sur de La Rochelle. Previamente había­mos hablado con el camping y nos infor­maron que, si llegábamos de noche, nos dirigiésemos al bar. Ese es precisamente uno de los principales  inconvenientes de los camping-cheques. Los teníamos pagados y eso nos impulsaba a aprovecharlos, aun­que lo más racional hubiera sido pernoc­tar en cualquier camping del camino y punto. Lógicamente también valorábamos que si llegábamos a dormir a St. Just, po­dríamos aprovechar mejor el último día de vacaciones y por eso nos animamos a darnos la paliza vespertina de coche.

 

Los 170 km hasta el camping fueron una auténtica pesadilla. Para terminar de amenizar el trayecto, además de la noche y la llu­via, la ruta más corta discurría básicamente por ca­rreteras de tercer orden, con curvas por todas partes. Para colmo nos topamos con una carretera cortada y nos tocó dar una vuelta tremenda. Cuando llegamos a St. Just, la señalización del camping bri­llaba por su ausencia y dimos más vuel­tas que un tonto hasta dar con él, pues allí no había un alma a quién preguntar. Cosas también de la “era pre-GPS”, claro.

 

En definitiva, a las diez de la noche, lo­grábamos entrar en el camping, que sería muy de lujo, pero que no se gastaba un duro en iluminación. Acampamos prácti­camente a oscuras. El « Sequoia Park» es un perfecto ejemplo de lo que he comen­tado anteriormente sobre la convenien­cia de los «camping-cheques». Aunque su precio en temporada alta es conside­rable, el ahorro real que tuvimos por no­che no llegó a 800 ptas.

  

ULTIMO DÍA EN FRANCIA, LA ROCHELLE

 

Pasamos la mañana del último día de vacaciones en La Rochelle. Nos apetecía volver a esta bonita ciudad del oeste de Francia. Su casco anti­guo, de calles rectas, y su puerto flanqueado por las dos torres medie­vales, merece sin duda una visita. 

 

La Rochelle. El puerto

 

Desde La Ro­chelle y desde Fourás parten barquitos que se acercan al «Fort Bayard», -fortaleza construida en medio del mar por Napoleón- y muy conoci­do por un famoso concurso televisivo de antaño. Puede verse con prismáticos desde Fourás.

 

Por la tarde nos acercamos a dos pue­blecitos de la Asociación de Pueblos más bonitos de Francia, Talmont y Mornac, al sur de La Rochelle. Pues bien, si os da el punto de ir, podéis perfectamente con­tener vuestro impulso, salvo que os per­dáis y aparezcáis casualmente por allí. No se merecen para nada pertenecer a di­cha asociación.

 

El regreso a casa fue apacible y así pusimos el broche final a este interesante viaje por dos de las regiones más sugestivamente francesas que poda­mos encontrar. El «toque nostálgico» fue la liquidación de los pocos francos que nos quedaban en el bolsillo en el área de autopista de Bidart, cerca ya de la fron­tera, a sabiendas de que la próxima visita a Francia ya sería pagando en euros. ¡Hasta siempre, franco francés!. 

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