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 Relato sin terminar de afinar.

En breve estará listo, con los enlaces operativos, además de las fotos.

Disculpad, entretanto, las molestias.

Estoy a vuestra disposición en...

contacto@francisco-colet-viajesycaravaning.com

 

El “Norte” de Francia

(Normandía, algo de Bretaña y la Región de Pas de Calais/Somme)

 

Escenarios-clave de las dos Grandes Guerras Mundiales en un solo vistazo.

 

Año: 2008

Duración: 17,5 días. (Del 13 al 30 de agosto)

 

 

¿DÓNDE VAMOS DE VACACIONES?

 

Tras los largos viaje de los últimos años, Cabo Norte, Hungría y Chequia, Berlín y Alemania del Este, el verano del 2008 iba a suponer un cambio de costumbres, pues la idea de partida era estar poco más de una quincena recorriendo mundo y, además, tomándonos el viaje muy relajadamente, sin agobios de tiempo.

 

Partiendo de esas premisas, cuando el tiempo disponible es limitado, el recorrido a realizar también ha de serlo, así que nuestra lista de posibles destinos vacacionales quedaba reducido drásticamente. Y teniendo en cuenta que prácticamente nos conocemos Europa Occidental, Francia se postulaba, pues, como la candidata perfecta para nuestros planes.

 

Y aunque Francia la tengamos muy trillada, la verdad es que el país nos encanta y como todavía nos quedaban por conocer algunas “zonas inexploradas”: los alpes franceses y la Savoya; la zona norte Calais/Somme o el Macizo Central, éstos se postulaban claramente como los candidatos a elegir.

 

Tras no pocas disquisiciones, finalmente nos decidimos por el norte de Francia, aunque al planificar el itinerario, nos dimos cuenta que la zona no era lo bastante “densa” como para abarcar del todo la quincena prevista. Había que completar el recorrido con algo más, estaba claro.

 

De esa manera surgió la idea de “retornar” a algunos lugares emblemáticos de Normandía –por la cercanía a la zona de Calais- entre los cuales se contaba el Mont Saint Michel, además de aprovechar la ocasión para ver también algunos lugares que se nos habían quedado en el tintero en el anterior viaje a Bretaña y Normandía.

 

 

RUMBO AL NORTE DE FRANCIA, PASANDO POR NIORT.

 

Salimos de Valladolid el miércoles 13 de agosto, con intención de pernoctar – como viene siendo ya costumbre, en el área de autopista de Bordeaux-Cestas, a 600 km. de distancia. Es una gran área, con estación de servicio, restaurante y un hotel “Campanile”. Si a pesar de sus enormes dimensiones no hubiese sitio – lo que ya nos ha pasado alguna vez – frente al “Campanile” hay un túnel que enlaza el área del otro lado, dirección España. Allí suele ser más fácil encontrar hueco. Ojo al dato.

 

La ruta utilizada para llegar desde Valladolid a Burdeos y Niort la encontraréis pinchando aquí, (las mejores rutas para cruzar Francia)

 

El plan para el jueves era hacer parada y fonda en Niort, a poco más de 200 km. de Burdeos. Niort, como Saintes – la cual visitamos a la vuelta de Berlín – son ese tipo de ciudad que, sin ser nada del otro mundo, están lo suficientemente bien situadas en la ruta a seguir como para hacerles una visita sin agobios, ya sea de ida como de vuelta.

 

A media mañana llegamos a Niort con idea de acampar en el camping municipal situado en los alrededores de la ciudad. Sin embargo nos llevamos un chasco, pues al llegar nos encontramos que el camping había cerrado sus puertas y que lo que había ahora era un “asentamiento” de caravanas y punto.

 

Gracias a que llevamos siempre con nosotros guías de camping de los países a recorrer, no nos costó nada “encontrar un sustituto” tras el fiasco del camping niortés.

 

La única pega de todo ese trajín del camping fue perder más de una hora entre unas cosas y otras. No porque una hora fuese un tiempo irrecuperable; lo que pasaba era que eso nos limitaba más aún las posibilidades de poder llegar al mercado semanal de Niort, que se celebra cada jueves en los alrededores de “Les Halles”, el mercado cubierto de la ciudad.

 

El camping elegido fue “La Venise Verte”, en Coulon, a unos 12 km. de Niort. Entramos por los pelos porque la recepción cerraba a las 12 h. y tiene barrera. Acampamos a toda mecha y nos fuimos pitando al mercado, el cual todavía pudimos ver con cierta calma.

 

Nos gustan mucho los mercados. Además de poder hacer la compra y degustar las especialidades locales, es una excelente manera de “contactar con el modus vivendi” del país en cuestión. “Dime lo que comes y te diré quien eres”, dice el refrán.

 

El mercado de Niort nos pareció bastante caro para el nivel de precios que suele haber, en general, en Francia y que todavía son un poco más altos que los nuestros. La oferta gastronómica que encontramos fue algo menor a la esperada, pero no nos quedamos con hambre ni mucho menos.

 

Niort no es una ciudad especialmente monumental, pero tiene rincones muy atractivos, además de un castillo que “domina” la ciudad. Tampoco faltan las típicas calles peatonales con algún que otro edificio de entramado de madera. En fin, un lugar agradable para pasar medio día y poco más.

 

La tarde del sábado la pasamos recorriendo la llamada “Venise Verte” (La Venecia verde), que es un paraje pantanoso, muy, muy verde –como bien reza su nombre- surcado de canales, lo que justifica el sobrenombre “veneciano”.

 

En el mismo Coulon hay un par de embarcaderos para hacer un recorrido en barca por el laberinto de canales. Desde la carretera es posible “ver” parte del recorrido, que es lo que hicimos nosotros. No es lo mismo, desde luego, pero sí vale para hacerse una idea y apreciar suficientemente la belleza del entorno, que es mucha.

 

Como la tarde dio bastante de sí, hicimos una breve escapada a Fontenay-le Comte, que es un pueblo grande con algunos edificios medievales interesantes, pero que de por sí no merece el desplazamiento ex profeso. De vuelta a Coulon, pasamos por Arçais, un pueblecito con un encantador embarcadero junto a los canales de la Venecia verde.

 

 

NORMANDÍA Y EL MONT SAINT MICHEL.

 

El viernes salimos rumbo a Normandía, una región que no por conocida y visitada varias veces pierde interés, muy al contrario. El 15 de agosto, festividad de la virgen, también es festivo en Francia, por lo que es un dato a tener en cuenta durante la planificación del viaje. Leer más sobre cómo conocer qué días son festivos en Europa o ideas sobre qué hacer en esos días.

 

La idea inicial era acampar en el camping del Mont Saint Michel, pero temiéndonos que a mediados de agosto y, además “en fin de semana largo”, estuviera completo. Así que de camino y muy prudentemente, optamos por llamar y preguntar si había plazas libres. La respuesta, como era de temer, fue negativa. Estaba lleno. Pues nada, a buscar un “plan B” como en Niort.

 

Echamos nuevamente mano a la guía de camping francesa y llamamos al camping “Sous les pommiers” de Beauvais, a unos 4 km. del Mont St. Michel, que a pesar de estar también muy lleno, al menos tenía alguna que otra parcela libre. En la zona hay bastantes camping, por lo que será difícil no encontrar sitio, claro que al ser fin de semana la ocupación era mucho mayor.

 

El camping tiene las parcelas “un poco amontonadas” y sus precios están en línea con lo que es de esperar en un sitio tan turístico como ese. Dispone de piscina, eso sí. En cualquier caso cuando un camping está atestado de gente, por bueno que sea, siempre “pierde puntos”.

 

 

DINAN, LA BELLA LOCALIDAD MEDIEVAL BRETONA.

 

Pasamos la tarde del viernes en Dinan, preciosa localidad medieval situada en territorio bretón, que gracias a su interés turístico estaba abarrotada de gente y con todo el comercio abierto a pesar de ser festivo. Dinan ha de estar incluida, forzosamente, en cualquier itinerario por Bretaña que se precie y tras la visita de 2001 nos apetecía mucho volver.

 

Como el Mont St. Michel se encuentra enclavado en el límite entre Bretaña y Normandía –aunque en territorio normando- es una excelente base para recorrer tanto la Bretaña oriental como la Normandía occidental. Así pues nos desplazamos 60 km. hasta Dinan y pasamos la tarde paseando por sus callejas repletas de casas de entramado de madera.

 

Es muy posible que tanta tienda de “souvenirs” acabe por cansar, pero es el precio a pagar cuando el lugar tiene tanto tirón. Dinan no sólo tiene interés por su conjunto medieval, bajando una empinada calle se llega al puerto junto al río Rance, que es una zona también con mucho encanto.

 

 

EL MONT SAINT MICHEL.

 

El sábado por la mañana, todo lo temprano que pudimos, visitamos por tercera vez el Mont St. Michel, con idea de desquitarnos de las “aglomeraciones” sufridas durante la segunda visita.

 

La cuestión es que la estrecha “Grande Rue” que asciende desde la entrada hasta la abadía –jalonada por tiendas y restaurantes- se pone de bote en bote de gente a partir de las diez y media – once de la mañana, más o menos, impidiendo pasear a gusto. Bueno, lo de “pasear” es un eufemismo. Es más apropiado decir “poder moverse”. Y eso fue lo que nos pasó la otra vez, que no había quien diera un paso sin estar “prensado”.

 

Aunque esta vez no coincidimos con ello, en el restaurante de “La Mère Poulard”, famoso por sus tortillas hechas con clara de huevo batida, es posible ver desde la calle a los “cocineros” batiendo los huevos de cara al público, en unas enormes perolas de cobre y ataviados con sus batas rojas. A ver si la próxima vez hay más suerte. El restaurante se encuentra en la “Grande Rue”, muy cerca de la “Porte du Roi”.

 

Dado que la visita a la abadía no entraba en nuestros planes –ya la conocíamos- la intención era pasear por el recinto, viendo escaparates a gusto y, a poder ser, sin apretujones. Por ese motivo nos ocupamos de estar allí en cuanto abrieron. De esa manera pudimos disfrutar del recinto medieval como queríamos. Bueno, sólo al subir, porque a la bajada la cosa ya pintaba peor, pero sin llegar todavía a la categoría de “sardinas en lata”. Así pues, si queréis que la visita sea verdaderamente satisfactoria, a madrugar tocan, que luego la cosa se pone complicada.

 

Realmente la vista del Mont St. Michel es sobrecogedora y no es de extrañar que sea uno de los monumentos más visitados de Francia. Es una auténtica pasada, especialmente por la noche, cuando está iluminado.

 

Como el “Mont” se encuentra prácticamente rodeado de agua –la marea sube con gran fuerza y velocidad- hay que tener cuidado con el aparcamiento, que además “de pago”, se inunda cada vez que sube la marea. Para evitar disgustos allí ya se ocupan de advertir a los visitantes de la hora límite para retirar el coche antes de que el mar “lo retire” por su cuenta. En 2001 tuvimos la oportunidad de presenciar, “en vivo y en directo”, como el agua se tragaba a un coche y podemos afirmar que no es una visión agradable para nada.

 

Fuera de la zona de “peligro”, en un descampado, se encuentra el parking para autocaravanas. Imaginamos que también será posible estacionar una caravana.

 

Muy cerca de la abadía, en la carretera de Beauvais, se encuentra la tienda de la “Biscuiterie du Mont St. Michel”, en la que se pueden adquirir las típicas pastas de la zona, hechas de mantequilla, destacando especialmente los “palets bretonnes”, muy ricos.

 

Dentro de las especialidades gastronómicas de la región, la sidra “bouchée”, tanto bretona como normanda, tiene gran predicamento. Es burbujeante como la sidra achampañada asturiana, pero con mucho más sabor a zumo de manzana y con menos graduación alcohólica.

 

 

LOS “ROCHERS SCULPTÉES” Y SAINT MALO, “NON STOP”.

 

Tras comer, nos acercamos a Rothéneuf, en los alrededores de Saint Malo, - ciudad “corsaria” bretona, cuyo casco antiguo, Intra Muros, está completamente amurallado- para ver una curiosidad como los “Rochers Sculptées”.

 

Como dice su nombre, lo que allí puede verse y admirar es la obra de un hombre con una paciencia a prueba de bombas, l’Abbé Fouré, un sacerdote que se quedó sordomudo a los 55 años y que dedicó el resto de su vida a esculpir más de 300 figuras, humanas y mitológicas, en la piedra de un acantilado, a finales del s. XIX y principios del XX.

 

Actualmente el paraje -no demasiado extenso, pero muy empinado- es de propiedad privada y la entrada cuesta algo menos de tres euros por persona. Hay habilitada una zona para parking, pequeñita por cierto. Desde luego no es recomendable el acceso con caravana, por si alguien quisiera visitarlo de paso. Habría que estacionarla en el pueblo a unos cientos de metros del lugar.

 

Las figuras son muy toscas y no demasiado agraciadas, pero el lugar impresiona por la magnitud del trabajo que l’Abbé Fouré llevó a cabo y también por la pendiente de la ladera. En cierta medida la obra recuerda al ímprobo trabajo realizado también en el “Palais Idéal du Facteur Cheval”, de Hauterives, localidad cercana a Valence, en el este de Francia. Leer más sobre ese palacio en el viaje a "Toda Suiza".

 

A media tarde del sábado “se nos ocurrió” acercarnos a Saint Malo. Lo peor es que medio mundo había tenido la misma idea que nosotros, aunque había tenido también la precaución de ir antes y pillar plaza de parking, así que cuando nosotros llegamos ya no quedaba ninguna libre. ¡Y no será porque no haya, pues Intra Muros está literalmente rodeada de aparcamientos!.

 

Por más vueltas que dimos, tanto por fuera, como por las callejuelas, fue imposible encontrar un hueco libre. Vale, no era la primera vez que estábamos en Saint Malo, pero es una ciudad muy atractiva y nos apetecía mucho pasear por sus calles, así que resultó frustrante no poder poner pie a tierra y tuvimos que conformarnos con hacer “una visita panorámica” por Intra Muros mientras intentábamos “capturar” un hueco donde dejar el coche. Claro que si imposible fue aparcar –incluso a más de un kilómetro de la ciudad amurallada- abandonar la ciudad tampoco fue sencillo. ¡Menudos atascos nos chupamos!.

 

Para consolarnos de la experiencia fallida de Saint Malo, nos marchamos a Cancale, localidad costera famosa por sus ostras, a cenar una mariscada, que las penas con pan son menos penas...

 

Cancale tiene “mucho sabor” y no sólo por su oferta gastronómica. El pueblo, que mira al mar, es pintoresco y con mucho ambiente, pues casi todo el paseo marítimo está ocupado por los restaurantes que ofrecen sus mariscadas a muy buen precio. Los pequeños mejillones, junto a las ostras, son los “reyes” del lugar. Y si además se acompañan de la sidra local, pues mejor que mejor.

 

Antes de regresar al camping estuvimos disfrutando de la vista del Mont Saint-Michel iluminado. La noche era clara y la visión, estupenda. Impresionante.

 

 

RECORRIENDO LA PENÍNSULA DE COTENTIN Y “UTAH BEACH”, UNA DE LAS PLAYAS DEL DESEMBARCO.

 

Los domingos siempre son días “complicados” de acoplar en el itinerario, pues no son el mejor momento para visitar ciudades, por ejemplo. Sin embargo ése no fue el caso en esta ocasión porque “el plan previsto” se adaptaba perfectamente al día festivo.

 

Para empezar nos trasladamos de camping, al “municipal” de Sainte Mère-Église, localidad famosa por haber sido el primer pueblo francés “liberado” por los paracaidistas estadounidenses en la noche previa al desembarco de Normandía. Y el pueblo, en agradecimiento por haberles quitado a los nazis de encima, tiene su buen museo dedicado a la división aerotransportada. También mantiene, para dar ambiente al tema, a una réplica del paracaidista que quedó colgado del campanario de la iglesia, el cual se vio obligado a hacerse el muerto durante horas para evitar que lo cosieran a tiros y ya no fuera necesario seguir fingiendo...

 

El camping está muy cerca del “Airborne museum” y para ser municipal está francamente bien. Llegamos a media mañana y acampamos sin registrarnos, pues los horarios de recepción son bastante limitados. El camping está abierto y se puede acampar sin problemas. Además es muy barato, como suele ser habitual en los camping municipales franceses.

 

Tras acampar, pusimos rumbo a Cherbourg, con idea de visitar el mercadillo de los domingos. Para la tarde del domingo el plan era acercarnos al pueblecito de Barfleur, perteneciente a la “Asociación de Pueblos más Bonitos de Francia” y, de regreso al camping, recorrer algunas fortificaciones alemanas del “muro del Atlántico”, así como la playa de “Utah beach”.

 

 

EL MERCADILLO DE CHERBOURG-OCTEVILLE.

 

Cherbourg-Octeville es uno de los principales puertos de Francia y durante la 2ª Guerra Mundial la ciudad resultó devastada por los nazis al huir tras el éxito del desembarco. Por eso mismo y porque su reconstrucción no fue muy afortunada, su conjunto urbano no es nada atractivo, destacando más por su gran atracción, “La cité de la mer” - www.citedelamer.com - que es un centro-museo oceanográfico con acuarios, exposiciones y atracciones relacionadas con el medio marino y que tiene en “Le Redoutable” -un submarino atómico que puede visitarse- a su mayor atracción.

 

El nombre compuesto de la ciudad, proviene de la unión entre Cherbourg y Octeville en un pasado no demasiado lejano. El mercadillo de los domingos se instala en las afueras de la ciudad, en Octeville, y para lo que se estila en Francia, no es de los mejores. No obstante, la oferta gastronómica es grande y aprovechamos para comer allí, aunque un inoportuno chaparrón nos fastidió un poco la fiesta.

 

Menos mal que fue breve y después de comer hicimos “una visita panorámica” del casco antiguo de Cherbourg, en coche, pues las calles estaban desiertas. Terminamos la visita a la ciudad paseando por los alrededores de la “Cité de la Mer” y viendo el submarino, que está a la vista de la gente, a pie de calle.

 

Desde el muelle se aprecian, a lo lejos, las fortificaciones que Napoleón mandó construir para proteger la bocana del puerto. Desde Cherbourg también parten ferries hacia Gran Bretaña, pero no creemos que esa sea la mejor ruta para llegar desde España a la “pérfida Albión”. Leer más sobre cómo llegar en ferry a Gran Bretaña.

 

 

BARFLEUR, LA DECEPCIÓN.

 

Cuando llegamos a Barfleur, diminuto pueblo costero, nos encontramos una de esas típicas “ferias” francesas llamadas “vide-grenier” (vacía graneros), en las cuales los lugareños ponen a la venta, en la calle, todas las cosas que ya no quieren. A mí esto me viene fenomenal, pues siempre encuentro ejemplares de cómic a precios de derribo y esa vez tampoco fue la excepción.

 

La verdad es que, salvo su iglesia, la localidad no reúne tantos encantos como para justificar su inclusión en la “Asociación de Pueblos más Bonitos de Francia”, pero con los años hemos aprendido que en dicha asociación “ni están todos los que son ni son todos los que están”. Y teniendo en cuenta que Barfleur pilla un poco a trasmano, la verdad es que tenemos dudas de que el desplazamiento para verlo valga la pena.

 

 

“UTAH BEACH”. LOS VESTIGIOS DEL DESEMBARCO DE NORMANDÍA.

 

Bordeando la costa este de la península de Cotentin todavía se conservan varios búnkeres en bastante buen estado. En concreto nos detuvimos, sin entrar en “el museo”, en la “batterie de Crisbecq”, cercana a la localidad de St. Marcouf. Los enormes cañones, que todavía se pueden ver, tuvieron en jaque durante horas a la flota norteamericana haciendo peligrar el éxito de la misión, hasta que los comandos pudieron tomar la posición y silenciarlos.

 

En las anteriores visitas a “las playas del desembarco”, leer más sobre el tema en el viaje a Bretaña y Normandía 2001, siempre se nos había quedado “Utah” en el tintero, así que esta era la ocasión perfecta para saldar cuentas.

 

Al lado de la playa de Utah -en la que las tropas norteamericanas tuvieron menos dificultades para desembarcar- hay un pequeño museo que expone varios cañones y carros de combate en el exterior. No faltan tampoco los monolitos y los memoriales. El parking, gratuito, es muy grande y es posible aparcar coche y caravana si se opta por visitar el lugar estando de paso.

 

A media tarde regresamos al camping y mientras Rosa se quedaba tranquilamente leyendo, yo aproveché que todavía quedaba una hora para visitar el “Airborne Museum”, que me encantó. Con forma de paracaídas, el museo expone material, uniformes, maniquíes y fotografías de la primera noche del desembarco, así como vehículos y planeadores que transportaron a las tropas de asalto.

 

En suma, un buen museo del desembarco –de los muchísimos que hay en toda la zona- y que junto con el de Bayeux, es de lo mejorcito que hemos visto sobre el tema.

 

 

RUMBO A “LA NORMANDÍA MÁS AUTÉNTICA”.

 

Tras el breve paréntesis del domingo, el lunes tocó traslado de nuevo. Esta vez rumbo al “núcleo duro” de la Normandía más típica, la de los pueblos de casas de entramado de madera.

 

Acampamos en el camping “Les Étangs” de Toutainville/Pont Audemer, entre Honfleur y Rouen. El camping es muy tranquilo, junto a un lago -a las afueras de Pont Audemer- con unas amplias parcelas delimitadas por un altísimo seto, lo que le confiere un alto nivel de “privacidad”. Tiene barrera y no es fácil descubrir el acceso desde la carretera, ya que la señalización es un tanto deficiente.

 

El lunes es día de mercado en Pont Audemer y su horario es de 9 a 12 horas, lo que no da mucho margen para visitarlo si uno ha de trasladarse. Evidentemente no pudimos verlo, pero lo conocíamos de nuestra anterior visita y el pueblo, que es bastante bonito, gana mucho con el ambiente del mercado. Fue una pena no llegar a tiempo.

 

Esta parte de Normandía, la más típica, ya la recorrimos en el anterior viaje, pero es que es tan bonita que vale la pena volver una y otra vez.

 

Por la tarde nos fuimos a dar una vuelta por Honfleur, que nos encanta, especialmente la zona del puerto, con sus fachadas de pizarra y su gran ambiente. El casco antiguo es muy interesante, destacando su enorme iglesia de madera y las casas de entramado de sus calles. Al otro lado del puerto hay también unas callejuelas con mucho sabor. Hay un gran parking para coches junto al puerto y otro para autocaravanas un poco más lejos, pero no demasiado.

 

Acabamos el día haciendo una rápida escapada a Beuvron en Auge, a 70 km. de Honfleur -el apretado calendario obligaba a ello- pero no queríamos irnos de allí sin volver a ese diminuto pueblo repleto de maravillosas casas de entramado de madera. Lástima que llegamos cuando faltaba poco menos que un cuarto de hora para que cerrase el escaso comercio...

 

Antes de retirarnos al camping, dimos un paseo por Pont Audemer, que tiene un casco antiguo muy curioso y pintoresco, con algunos canales, lo que le ha servido para que alguien lo haya bautizado como la “venecia normanda”. Lo de siempre, vamos.

 

 

CAMBIO DE PLANES SOBRE LA MARCHA Y NOS ESCAPAMOS A PARÍS.

 

Una de las grandes ventajas del caravaning es la libertad para hacer lo que más apetezca. Así decidimos pasar el martes en París, pero es que la visita a la capital francesa no estaba en absoluto prevista.

 

La idea de “hacer un hueco” en el itinerario y escaparnos un día a París, a 165 km. de distancia del camping, surgió espontáneamente durante el traslado desde Ste. Mère Église, al ir viendo en la autopista más y más indicaciones a París. ¿Y si nos diéramos un garbeíllo por el Sena, qué tal? nos dijimos. Y dicho y hecho. Recompusimos el plan de viaje y asunto resuelto. Dieppe fue “la única víctima” en caerse del plan inicialmente previsto.

 

Aparcamos sin problemas en el parking público del “Hôtel de Ville”. Se notaba que era agosto, porque hemos vuelto después, en la semana santa 2009, y aquello era horrible de tráfico, así que el ir o no al centro en coche depende y mucho de la época del año.

 

París ya es una vieja conocido, así que nos conformamos con pasear la zona centro y la Ìle de France, dejándonos llevar sin rumbo fijo. Comimos en la “rive gauche”, en las calles de restaurantes que hay por la zona de Saint Michel, al otro lado de Notre Dame.

 

Y finalizamos la jornada parisina dando una vuelta por la Torre Eiffel y por la Défense, la “nueva” zona financiera de Paris (lo de “nueva” tiene algo de coña porque ya lleva muchos años, pero no por ello deja de ser novedosa respecto al rancio abolengo del centro de la ciudad) . El caso es que la zona se caracteriza por su “Grand Arche”, el gran arco arquitectónico que preside la zona de rascacielos. Dimos una vuelta con el coche y pusimos rumbo, de nuevo, hacia el camping normando.

 

 

RETORNO A NORMANDÍA. ROUEN Y LA “COSTA DE ALABASTRO”.

 

La mañana del miércoles la pasamos en la capital normanda, Rouen, famoso por la muerte en la hoguera de Juana de Arco. En la plaza del mismo nombre hay un memorial en recuerdo de ese episodio histórico. En esa misma plaza, por las mañanas, ponen un pequeño mercado de frutas y flores.

 

Rouen es una ciudad muy interesante y no sólo por su catedral gótica, mil veces inmortalizada por Monet en sus cuadros. Las calles medievales, con sus fachadas de entramado resultan muy características, como la de la rue Martainville. En particular la Rue du Gros Horloge, peatonal, la preside un torreón con un enorme reloj, como bien dice su nombre. Iglesias góticas y grandes edificios jalonan el recorrido. Los alrededores de Rouen también son muy apetecibles para una corta visita. Leer más sobre el tema en el viaje a Bretaña y Normandía 2001.

 

Especialmente curioso, y tétrico, es el patio o “Àitre de St. Maclou”, al lado de la iglesia del mismo nombre y muy cerca de la rue de Martainville. El patio interior, grande y con árboles, está rodeado de casas de entramado de madera decoradas con calaveras, huesos y demás cosas por el estilo. Por lo visto era un antiguo cementerio...

 

Tras comer, nos acercamos a la “Costa de Alabastro”, a Fécamp, localidad que si no fuera por el fantástico “Palais Bénédictine”, sede y fábrica del conocido licor de hierbas, no merecería en absoluto la visita.

 

El edificio del “Palais Bénédictine” es muy bonito y se puede recorrer, sin pagar, el patio interior y la zona de la cafetería y boutique, donde puede degustarse el licor. Si se desea visitar el interior, también es posible. Nosotros, al llevar a la perrita, nos conformamos con “la visita light”, que tampoco está del todo mal.

 

Mucho más bonito es Étretat, pueblo con un bonito edificio medieval de madera, el antiguo mercado, que actualmente alberga un mercadillo de artesanía, además de otras casas del mismo estilo. No obstante Étretat no sólo es famoso por su playa, sino por las curiosas formas de sus acantilados. ¿Quién no ha visto alguna vez la típica foto “de la trompa de elefante” que se hunde en el mar? Pues bien, ahí está. Desde la playa del pueblo se ve bien, aunque es preferible visitarlo durante la mañana, cuando el sol está de frente o de costado, porque a la puesta de sol, queda a contraluz. El efecto visual es bonito, pero las fotos son complicadas. También puede llegarse hasta la cima del acantilado en coche.

 

Acabamos la jornada regresando a Honfleur. Durante los miércoles de verano se celebra “le marché nocturne” y la ciudad todavía tiene más animación y bullicio del habitual. Es muy grande y se coloca junto al puerto que, iluminado, aún está más bonito si cabe.

 

 

Y DEJAMOS NORMANDÍA Y NOS FUIMOS AL NORTE DE FRANCIA.

 

“La parte normanda” del viaje tocaba a su fin y era hora de subir un poco más al norte, hacia el Somme y el Pas du Calais, con idea de recorrer la zona, acampando primero cerca de Boulogne sur Mer y después en Arras.

 

Las expectativas sobre el interés de la región noroeste francesa eran modestas y la experiencia nos reafirmó en que no eran equivocadas. No es que no tenga atractivos monumentales o históricos, que los tiene y muchos, pero tampoco está en condiciones de competir, ni mucho menos, con otras zonas francesas con mucha mejor reputación e interés: Alsacia, Bretaña, Normandía, Loira, Périgord, Alpes o Costa Azul, por ejemplo.

 

El norte de Francia es, pues, un “destino de segunda fila” en el panorama turístico francés, aunque muy apto para unas vacaciones tranquilas como las que buscábamos. Con ello queremos decir que sin ser la séptima maravilla, tampoco carece de encantos, como ahora veremos.

 

 

CALAIS, SAINT OMER Y EL BÚNKER DE LAS “BOMBAS VOLANTES” V2.

 

Acampamos en el camping “Le blanc pignon” sito en La Calotterie, villorrio situado junto a Montreuil sur mer (pero que no tiene “mer” porque está en el interior), a 190 km de Pont Audemer.

 

El camping está en un bosque, aunque el prado de acampada no tiene demasiada sombra, precisamente. Elegimos ese camping porque nos parecía que, por su ubicación interior, tenía que ser muy tranquilo –mucho más que los camping de playa- y por su buena situación para recorrer la zona. El bloque de servicios no es el último berrido, pero la familia que lo regenta es muy amable. El camping tiene barrera de acceso y la recepción sólo abre de 10 a 12 por las mañanas y pocas horas por la tarde, pero los dueños viven en un mobil-home próximo a recepción, por si hace falta llamarlos.

 

Acampamos, comimos y nos fuimos a ver el ayuntamiento de Calais, que es el único edificio que vale la pena de la ciudad portuaria. El rojo ayuntamiento neogótico, del siglo XX y de estilo flamenco, es muy aparente y está apartado del núcleo urbano, rodeado de jardines. Enfrente se encuentra expuesta la conocida escultura de Rodin, “Los burgueses de Calais”. Como curiosidad diremos que, junto a la gran iglesia del pueblo, hay una placa que recuerda que allí contrajo matrimonio un tal Charles de Gaulle...

 

“Calais-pueblo” no vale nada de nada. Es moderno y, sobre todo, es muy feo. Si de camino a Gran Bretaña pensáis visitar la ciudad, con ver el ayuntamiento podéis daros por satisfechos, sin gastar ni un minuto más allí.

 

Para rematar el día nos fuimos a Saint Omer, ciudad que según las guías turísticas conserva “edificios notables”, pero que una vez vista es totalmente prescindible. Las fotos que habíamos visto en internet ya no presagiaban gran cosa, pero ya que estábamos allí... acabamos haciendo la compra en el “Carrefour”, que hay que hacer siempre los honores a los productos locales.

 

A las afueras de la ciudad se ubica uno de los “ascensores de barcos” tan típicos de la región. En la cercana Bélgica hay bastantes.

 

Sin embargo antes, de camino a Saint Omer, pasamos por el “Búnker de Éperlecques”, inmensa mole de hormigón en mitad de un bosque, en cuyo interior los nazis fabricaban las bombas volantes V1 y V2 con las que se hartaron de bombardear Londres. Se puede visitar, aunque nosotros nos conformamos con verlo desde el exterior, donde además de una tienda con dioramas, hay vehículos de combate y maquetas a tamaño real de las bombas volantes. Ese búnker no es el único vestigio de la guerra que puede visitarse en la zona. En el camping hay muchos folletos disponibles.

 

 

ESCAPADA A BÉLGICA: OSTENDE Y BRUJAS.

 

¿Hubiera sido razonable no plantearse ir a Brujas estando sólo a 190 km. de distancia? Evidentemente nos pareció que no, así que, hala, de vuelta a Brujas por tercera vez, aunque no nos cansaríamos de hacerlo si no fuera porque, lamentablemente, está muy lejos de casa. Sin embargo antes de llegar a Brujas teníamos previstas otras dos visitas: Dunkerke en Francia y Oostende en Bélgica.

 

Dunkerke es famoso por ser el lugar donde en 1940 el ejército franco-británico tuvo que embarcar a toda prisa hacia Gran Bretaña para no caer en manos de los alemanes, sin embargo en la actualidad es una ciudad industrial gris, como el cielo que casi siempre hay por allí, y cuyo único aliciente –como ocurre con Calais- es su ayuntamiento flamenco de color rojo. Así pues simplemente llegamos en coche frente al ayuntamiento, hicimos la foto de rigor y nos marchamos con viento fresco a Oostende, que es su nombre en flamenco.

 

El paisaje es llano como la palma de la mano y muy ventoso. Oostende era una de las pocas localidades belgas que nos quedaba por conocer. Y si no fuera por los puestos de pescado en el muelle –que es su principal atracción y lo que nos llevó allí- la ciudad, moderna, carece de interés.

 

El mercado del “muelle de pescadores” -Visserskaai- resultó bastante menos seductor de lo esperado, chaparrón incluido. Realmente lo que allí encontramos fueron unos cuantos chiringuitos de pescado ahumado, mejillones fritos y, sobre todo, productos de surimi (debidamente “maquillados” con pinta de cola de langosta, eso sí), a precios reventados. Lo que más me gustó fue la sopa de caracoles de mar, que estaba muy, muy rica. Comimos allí, pero de pie –no hay donde sentarse- hasta que el inoportuno chubasco nos obligó a terminar el ágape sentados en el coche.

 

Y nos fuimos a Brujas (Brugge), a 30 km de distancia de Oostende. Brujas es la ciudad medieval por excelencia, tanto en verano – Leer el viaje "Todo Bélgica" – como en navidad. Leer viaje a Bélgica y Holanda en Navidad. Cada época tiene su punto y la ciudad muestra una cara muy diferente, pero siempre encantadora. En navidad hay menos gente y hace más frío, pero la decoración navideña y los mercadillos le dan un aire distinto y muy especial.

 

En verano el mayor problema para saborear a gusto la ciudad es el gentío. Parece como si medio mundo se hubiera puesto de acuerdo para abarrotar sus calles y canales. Aún así es una ciudad que se disfruta mucho.

 

Hay parking públicos en el centro, pero la mejor opción y más barata para aparcar en Brujas es aprovechar su excelente oferta de P+R. En la circunvalación de la ciudad se encuentra la estación de ferrocarril y a su lado un enorme edificio de varias plantas de aparcamiento. Pues bien, por el módico precio de 2,5 € al día es posible dejar allí el coche –ignoro si hay posibilidad de parking para autocaravanas- con la ventaja añadida de que ese precio incluye un billete de ida y vuelta al centro para todos los ocupantes, lo cual resulta fenomenal. Sólo Estrasburgo, en Alsacia, tiene un sistema similar.

 

La parada y taquilla del autobús se encuentra justo enfrente de la estación y basta con presentar en taquilla el ticket del parking e indicar el número de personas para que nos faciliten los billetes de bus.

 

Y quien prefiera ir dando un paseo hasta el centro de la ciudad, sólo quince minutos andando le separan del aparcamiento de la estación, aunque también hay que decir que el recorrido no es particularmente sugerente. No obstante si la visita va a ser menos de cinco horas, el precio por hora del parking de la estación es de sólo 0,50 €, una tarifa muy ventajosa en comparación con los 3 € que puede costar la hora en el mismo centro.

 

Hay muchas cosas para ver en Brujas mientras se recorren sus calles empedradas. Y también mucho goloseo, pues si algo no falta en Bélgica, y en Brujas en particular, son chocolaterías capaces de tentar al más pintado.

 

 

AMIENS Y SAINT VALÉRY SUR SOMME.

 

El sábado cambiamos el chip y del norte nos pasamos al sur, a Amiens, la capital de la región del Somme y cuya catedral gótica, Notre Dame -la más grande de Francia- es patrimonio de la humanidad de la Unesco desde 1981.

 

El sábado por la mañana, junto al canal –Amiens también presume de tener varios canales- se instala un mercado de frutas y verduras, en el barrio más típico y con más sabor de la ciudad, Saint Leu, próximo a la catedral. Realmente la zona más bonita es la orilla del río, con sus terrazas y restaurantes.

 

La entrada a la catedral es gratuita y por dentro es muy bonita, destacando la reja del coro. La fachada es una filigrana y durante los meses de verano, por la noche, se lleva a cabo un espectáculo de luz y sonido mediante el cual se recrean los colores originales de las figuras del pórtico. Nosotros no lo hemos visto, pero en el folleto se puede apreciar el fantástico efecto que se consigue, como si la fachada estuviese realmente pintada.

 

Amiens fue la ciudad de residencia de Julio Verne y todavía puede visitarse su casa, un poco alejada de la zona de la catedral, que es casi como un palacete.

 

Como curiosidad digamos también que tenían instalada “una playa en pleno centro”, con arena, tumbonas, sombrillas...

 

Los “hortillonnages” son la otra gran atracción de la ciudad. Estando “asentados” sobre un antiguo pantano, los “hortillonnages” son un oasis verde en el corazón de la ciudad. Una serie de canales navegables entre huertos. Es posible visitarlos tanto a pie como en barquita y cuando el calor aprieta, allí se respira un poco mejor. Recuerdan bastante a La Venise Vert de Niort.

 

Tras la visita a los “hortillonnages” pasamos el resto de la tarde en Saint Valéry sur Somme, localidad costera con algunos vestigios medievales y que se encuentra enclavada en el estuario “de la Somme”, pues los ríos franceses son femeninos. Abundan las embarcaciones de recreo y también es posible hacer excursiones en barco por la desembocadura del río, donde las aves marinas campan a sus anchas. También hay un pequeño tren de vapor.

 

Antes de recalar en St. Valéry, muy cerca del pueblo, visitamos un cementerio chino de la época de la Guerra del 14. Un numeroso contingente chino realizó labores de apoyo y mantenimiento al ejército aliado y al pasar por la carretera y ver el indicador, nos acercamos a echarle un vistazo. La sensación es un poco rara, la verdad. Muchas tumbas, no obstante, son de los años inmediatamente posteriores al fin del conflicto.

 

Hemos de tener en cuenta que la batalla del Somme fue una de las más terribles de la Gran Guerra y toda la zona entre Arras y Amiens está sembrada de memoriales, cementerios, museos y restos de trincheras. Concretamente en Péronne, hay un gran museo dedicado a la batalla.

 

La verdad es que para los aficionados a la historia bélica, tanto Normandía como el norte de Francia son auténticos paraísos. Dos guerras mundiales por el precio de una, porque ambas zonas se pueden visitar de una tacada. Eso sí, como se quiera ver todo lo que hay, no se hará otra cosa durante el viaje. Claro que hay que pensarlo bien, no sea que la familia “entre en guerra” y acabe harta de tanta batalla y de nosotros mismos...

 

 

LA COSTA: BOULOGNE SUR MER Y LE TOUQUET-PARIS PLAGE.

 

El domingo lo dedicamos a recorrer las localidades costeras de Boulogne sur mer y Le Touquet-Paris Plage. Una por la mañana y otra por la tarde. Entremedias nos fuimos al camping a comer.

 

Si el sol había brillado el sábado, al día siguiente el cielo gris y encapotado no presagiaba nada bueno. Con el gris por techo, llegamos a Boulogne sur mer, reputada localidad del norte de Francia. Bueno, lo realmente reseñable es la “Ville Haute” -el casco antiguo de la localidad, amurallado y situado en lo alto de una empinada colina- porque la ciudad moderna, junto al puerto, es realmente fea. Sin exageraciones. No obstante el domingo por la mañana, en el puerto, hay un pequeño mercado de pescado y otros productos. Si se desea comprar algo de marisco fresco, los precios son muy asequibles. Lo uno por lo otro.

 

La “Ville Haute”, como ya hemos dicho, seguramente tampoco será de las que deje huella en nuestra memoria. Es agradable de pasear, pero quitando la plaza del ayuntamiento, la calle de restaurantes y la iglesia con su cúpula característica, el resto son calles sin ningún tipo de interés. Digamos que fue una manera como cualquier otra de pasar la mañana de domingo. Y eso que tuvimos la fortuna de encontrarla “vestida” con jardines y huertos “artificiales” que le daban un aire más vistoso que si estuviera abarrotada de coches aparcados como debe ser lo habitual.

 

Durante la mañana la lluvia se contuvo, pero después de comer y rumbo a Le Touquet-Paris Plage empezó a llover con intensidad. Le Touquet es una población atípica, pues nació como tal a finales del siglo XIX, con el auge veraniego de las clases acomodadas parisinas, de ahí su sobrenombre de “Paris Plage”, pues no deja de ser la playa más cercana a la capital.

 

En consecuencia Le Touquet es un conjunto de villas residenciales y un núcleo urbano moderno y anodino, por no repetirnos en lo de feo. Lo cierto es que las fachadas que dan al paseo marítimo no son nada bonitas para la reputación de la localidad.

 

Coincidimos con una exposición de figuras de arena sobre África y su fauna y entramos a verla, eso sí, bajo la protección del paraguas. Muy bonitas y espectaculares, la verdad. La promotora era una ONG de ayuda a África.

 

Una de las ventajas de visitar Le Touquet en domingo –aparte de las villas que más o menos pueden apreciarse desde el coche- es que su calle comercial está abierta y con bullicio considerable hasta las 20 h., incluso en una lluviosa tarde como aquella. Menos mal que, llegado el momento, el agua nos dio una tregua y así pudimos pasear más a gusto.

 

 

CAMBIO DE CAMPING, RUMBO A ARRAS.

 

El lunes tocó cambio de camping. Nos trasladamos a Boiry Notre Dame, localidad cercana a Arras, al camping “La Paille Haute”, para visitar desde allí la parte más “oriental” del recorrido: Arras, Laon, y Lille.

 

El camping es bastante grande y bien equipado, aunque los horarios de recepción son bastante raros. El señor aparece y desaparece a su antojo. De todas maneras es posible llegar y acampar sin necesidad de registrarse previamente.

 

Por la mañana hicimos el traslado y tras comer nos dispusimos a pasar la tarde en Laon, una de esas ciudades francesas que están un poco en mitad de ninguna parte y que si no se hace un acto expreso de voluntad para visitarlas, la verdad es que nunca se llegan a ver.

 

Y es que Laon no está precisamente cerca del camping sino todo lo contrario, a algo más de 100 km de distancia. Situada en lo alto de una colina que domina el llano, destaca por su catedral gótica y por sus restos medievales.

 

No obstante la visita nos supo a muy poco porque esperábamos bastante más de Laon. Lo que allí encontramos fue una ciudad amurallada, pero provinciana, solitaria y bastante cutre en general, en la que sus muchos monumentos no brillan con suficiente fuerza.

 

La catedral es original, con sus característicos contrafuertes, pero está muy encajonada entre edificios y luce menos de lo que merecería. Menos mal que al menos se nos ocurrió coger el trenecito turístico y gracias a él pudimos apreciar mejor el patrimonio artístico local, muy “desparramado” y alejado entre sí, porque si no la impresión aún hubiera sido más floja. Lo que parece claro es que Laon no merece un desplazamiento “a posta” como hicimos nosotros. Otra cosa sería que pasando por allí...

 

 

LILLE, LA GRAN CIUDAD FRANCESA DEL NORTE.

 

Lille, junto a la frontera belga, es una de las grandes ciudades francesas y tiene suficiente encanto, especialmente por su arquitectura flamenca.

 

Siendo una de las ciudades con mayor desarrollo urbanístico del país vecino propiciado por el tren de alta velocidad (TGV), ha creado todo un barrio “moderno” alrededor de la estación de ferrocarril -el barrio de “Euralille”, con sus futuristas edificios- entre los cuales se cuenta uno con forma de bota de esquí.

 

Como Lille y Valladolid son ciudades hermanadas, en Euralille, la Ciudad del Pisuerga tiene allí una calle dedicada.

 

El casco antiguo es interesante arquitectónicamente, destacando la antigua Bolsa y el ayuntamiento, enorme y bastante “raro”, amén de la catedral, pero sobre todo llama la atención su bullicio, algo poco usual en una ciudad francesa, fruto seguramente de su condición de ciudad universitaria. A pesar de que el clima acompaña tirando a poco, es una ciudad agradable de pasear.

 

Los domingos tiene merecida fama, por su extensión, el mercado de Wazemmes, situado en un barrio periférico, aunque próximo al centro. No obstante, como los días de diario también hay mercado –de víveres, comida preparada y ropa- nos acercamos a echarle un vistazo. Teóricamente “cierra” a las 14 h., pero casi una hora antes muchos puestos ya habían recogido, lo que deslució bastante la visita.

 

Se puede llegar en metro o también en coche –aparcamos sin mucha dificultad- pero no nos parece muy aconsejable ir andando desde el centro, porque no sabemos hasta qué punto el paseo pueda ser seguro. Se respira un ambientillo un poco “raro”.

 

 

ARRAS, LAS TRINCHERAS DE “SERRE VIMY” Y DOUAI.

RECORRIENDO ESCENARIOS DE “LA GRAN GUERRA DEL 14-18”.

 

Arras nos esperaba en miércoles, pues es el día de mercado semanal junto a los sábados. El mercado se instala en la Place des Héros, al lado del magnífico ayuntamiento de estilo flamenco, con sus bonitas contraventanas de madera roja.

 

La arquitectura de Arras, como su ayuntamiento, es de estilo igualmente flamenco, destacando en la Grand Place las fachadas de frontones y gabletes tan del gusto holandés. Sin embargo Arras tampoco nos gustó demasiado. Seguramente el cielo plomizo no ayudaba a ello, ya que cielo y edificios parecían un todo.

 

Para colmo, la oferta gastronómica del mercado tampoco era como para tirar cohetes y, al final, acabamos comiendo en el camping.

 

La Grand Place, con soportales, es realmente “grand”, incluso muy “grand” podríamos decir. Es tan grande que resulta inhóspita a pesar de que las fachadas son bonitas. Y resulta tan desangelada porque el centro de la plaza se utiliza de parking público, aunque ese día celebraban su feria y estaba llenita de carruseles y atracciones en vez de coches.

 

Así pues la ciudad nos resultó bastante más insípida de lo que esperábamos y ya se sabe que no hay mejor para llevarse chascos que tener expectativas demasiado elevadas, que fue lo que nos pasó.

 

En Arras se libraron intensísimos combates durante la I Guerra Mundial y allí dio comienzo la última gran ofensiva aliada que terminó con el armisticio alemán. Precisamente para ponerla en marcha, los británicos excavaron una red de túneles y receptáculos para esconder bajo tierra a los miles de soldados que deberían tomar parte en el ataque sorpresa a gran escala. Pues bien, esos túneles hoy día se pueden visitar. En el camping hay varios folletos sobre los restos de la Gran Guerra.

 

Y como ya hemos dicho que toda la zona está sembrada de vestigios de la guerra, por la tarde nos acercamos a “Serre Vimy”, una colina cercana a Arras, de enorme valor estratégico y a la que los alemanes habían fortificado de tal manera que pronto se ganó el sobrenombre de “inexpugnable”, tras fallidos intentos de tomarla por parte de las fuerzas británicas. Finalmente, en 1916, los canadienses, a base de colocar minas en túneles hechos al efecto, lograron vencer la resistencia alemana y tomar la posición, no sin enormes pérdidas humanas, por supuesto.

 

Actualmente “Serre Vimy” es territorio canadiense en agradecimiento por el sacrificio realizado por el país norteamericano. En la cumbre de la colina hay un centro de interpretación de la batalla, con material de la época, vídeos y fotos de los combates. Todavía se conservan las trincheras fortificadas, perfectamente visibles, y todo el terreno aparece sembrado de cráteres de los obuses, creando un paisaje completamente ondulado. Choca comparar el verde de los árboles y la hierba con la desolación y tierra quemada de las fotos de la batalla. Por último hay que señalar que los perros no tienen permitido el paseo por el recinto, así que a tenerlo en cuenta, porque se tendrán que quedar en el coche.

 

Finalizamos el día dando una vuelta por Douai, a la cual llegamos cuando todavía faltaba una media hora antes de que se quedase desierta al cerrar el comercio. Salvo su ayuntamiento, no tiene demasiado interés, así que si no es como “relleno” –como hicimos nosotros- no vale demasiado la pena incluir la visita en el itinerario del viaje.

 

 

UZERCHE, ÚLTIMA ETAPA DEL VIAJE.

 

El jueves iniciamos el regreso a casa bajo el mismo cielo gris de los últimos días y también con cierto regusto “grisáceo” anímicamente hablando, pues realmente el interés del viaje había ido decayendo paulatinamente a medida que pasaban los días. “Muy bien” en Normandía, “Bien” en la zona de la costa y sólo “Regular” por Arras y alrededores. Seguramente, a partir de la experiencia vivida, si hubiera que repetir el viaje creo que invertiría, sin duda, el recorrido, empezando por Arras y terminando en Normandía.

 

Uzerche es una localidad medieval situada al sur de Limoges, a 653 km. de Arras. Emplazada en la ladera de la montaña y por encima del río, la vista del casco antiguo medieval, plagado de puntiagudas torretas, es realmente espectacular.

 

Elegimos Uzerche como parada final por su buena distancia respecto a Valladolid, 700 y pico kilómetros y porque hacía tiempo que nos apetecía conocerlo.

 

Tras un viaje sin historia, a eso de las seis y media de la tarde llegábamos al camping municipal “La Minoterie”, situado en una zona boscosa junto al río. El entorno es francamente agradable, pero el acceso es un poco complicado si el coche tiene dificultades para remolcar la caravana, ya que la carretera es bastante empinada y estrecha, en la cual dos caravanas difícilmente podrán cruzarse. Rodeados de patos, cenamos a la orilla del río, agradeciendo haber visto el sol, el cual empezábamos a echar mucho de menos.

 

 

EL ÚLTIMO DÍA DE “TURISMO”.

 

Pasamos de un extremo a otro sin darnos cuenta. De una temperatura fresca y cielo muy nuboso a un cielo azul brillante y a un calor al que ya no estábamos acostumbrados.

 

Visitamos Uzerche por la mañana. El casco urbano medieval es, fundamentalmente, una calle y aunque el pueblo dispone de trenecito turístico, dudamos que valga la pena cogerlo, porque el centro se visita bien a pie. No faltan los rincones de foto ni los portales blasonados.

 

Por la tarde visitamos Tulle, población que según las guías prometía bastante más de lo que ofrece. O igual lo que nos ocurre es que ya estamos “muy viajados” y cada vez cuesta más encontrar cosas o lugares que nos impacten...

 

PUNTO Y FINAL.

 

El viaje hasta casa no tuvo historia alguna y de esa manera pusimos fin a un recorrido por el norte de Francia, saldando así una vieja deuda con esos lugares –especialmente los que se encuentran en la ruta de la autopista A1 a Bélgica- por los que hemos pasado durante muchos años siempre sin parar.

 

El otro objetivo, el de disfrutar de unas vacaciones tranquilas también lo conseguimos, pues no madrugamos en exceso, salvo en contadas ocasiones, y comimos muchos días en el camping –a veces incluso con cabezada incluida- que es algo a lo que habitualmente no estamos acostumbrados.

 

Y como cuando termina un viaje hay que empezar a pensar en el siguiente, las vacaciones de 2009 con seguridad resultarán bastante más estimulantes... ¡la “Oktoberfest” de Munich, la fiesta de la cerveza, nos espera!. 

 

 

 

 

 

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