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El Tirol, Berlín y Alemania del Este.

(2007)

   

 

Berlín - Checkpoint Charlie

 

Los preparativos.

 De las capitales de Europa Occidental, Berlín era el “cromo” que nos faltaba para completar nuestro particular “álbum de visitas” y así, tras un intento fallido en 2006, por fin durante el verano de 2007, logramos pasear por la Puerta de Brandenburgo.

 

Y si bien a la capital alemana podíamos considerarla como “la meta” del viaje, no es menos cierto que nos planteamos un itinerario mucho más amplio por Francia, Austria, Alemania, Polonia y Holanda, aunque el grueso de la estancia prevista transcurriera en la antigua República Democrática de Alemania.

 

 Rumbo a Berlín, pasando primero por el Tirol austríaco.

 Rosa, nuestra perrita “Una” y quien esto suscribe, salimos de Valladolid la tarde del viernes 10 de agosto de 2007 con nuestra caravana “Rapido 39 T Club”, de techo elevable, a cuestas rumbo a Berlín, pero pasando primero por el Tirol.

 

Como ya es habitual, pernoctamos en el área de autopista de Bordeaux-Cestas. Es una gran área, con estación de servicio, restaurante y un hotel “Campanile”. Si a pesar de sus enormes dimensiones no hubiese sitios libres – lo que ya nos ha pasado alguna vez – frente al “Campanile” hay un túnel que enlaza con el área del otro lado, dirección España. Allí suele ser más fácil encontrar hueco.

 

Para llegar a la frontera de Hendaya, solemos ir por las autovías A10 y A15, de Leitzarán, pues aunque es una ruta algo más larga que por la A1 y el puerto de Etxegárate, la pendiente es más tendida y más cómoda para circular con caravana. Y es que el intenso tráfico, ligero y pesado, de la A1 entre Alsasua y Andoain y lo revirado de la carretera hacen muy complicado adelantar a los camiones. En realidad con el trayecto más largo “invertiremos” sólo algo más de 10 minutos. A cambio circularemos tranquilos y relajados, pues ambas autovías apenas llevan tráfico.

 

Para saber más de la mejor ruta para llegar a Alsacia/Alemania/Austria, (ruta noreste) desde la frontera de Irún, (incluido en el apartado “Las mejores rutas para cruzar Francia” de esta web), pinchad en este enlace. Y si además queréis ahorrar unos euros en los repostajes franceses, haced lo mismo en este otro.

  

Primera parada en la Borgoña francesa.

 El sábado madrugamos con idea de llegar lo antes posible a nuestro destino, Paray le Monial, en la Borgoña francesa. Acampamos en el camping “de Mambré”, a las afueras del pueblo. Es un camping bastante bueno, aunque hay que tener en cuenta que durante los fines de semana de verano no permiten acampar antes de las 14 h. que precisamente fue a la hora que llegamos.

 

Colegiata de Paray  le Monial

 

Según nos informaron, si se llega antes de dicha hora, por la mañana, la alternativa es dejar la caravana en el parking de la entrada y darse una vuelta por el pueblo que, en compensación, es muy bonito. El monumento más característico es la Colegiata románica, “dominando” su casco urbano, que también tiene un canal navegable.

Como llegamos a buena hora, acampamos, comimos y pasamos la tarde paseando por su pequeño centro medieval. La fachada gótica del ayuntamiento es también muy atractiva.

  

Y camino del Tirol oriental, reventó una rueda de la caravana una vez más...

 Para el domingo nos aguardaba una larga etapa de 900 km. hasta Kufstein, en el aún lejano Tirol austríaco. Allí nos encontraríamos con Pepe y Nany, nuestros amigos castellonenses, compañeros de tantos y tantos viajes.

 

El viaje transcurrió sin problemas hasta que, rodando por la autopista, cerca de Besançon, la rueda izquierda de la caravana reventó. La banda de rodadura salió disparada, arrancando el embellecedor del paso de rueda. La fortuna hizo que éste quedase colgando de un par de tornillos. La caravana no hizo ningún extraño y también tuvimos la suerte de encontrar unos metros más adelante un área de descanso. Cambiamos la rueda y asunto resuelto.

 

A pesar de llevar las presiones a 3,2 kg. (el fabricante recomienda 3 kg.) en el taller de neumáticos nos sugirieron que, para evitar esos percances, es mejor hincharlos a 4 kg. ya que así soportan mejor el peso y el calentamiento por rodadura. Leer más sobre los neumáticos de la caravana.

 

Aunque el tiempo perdido no fue excesivo, sí nos impidió llegar ese día al camping de Kufstein, así que pernoctamos en un área de autopista, pasado Munich. Lo que ya tuvo recochineo fue que el reventón tuviese lugar casi en el mismo lugar y en la misma autopista, esta vez en sentido contrario, que el que sufrimos el año anterior regresando de la República Checa... vivir para ver.

  

Y por fin “saldamos la deuda” con el jardín alpino de Kitzbühel...

 

Pepe y Nany nos estaban esperando en el camping “Gasthof Bären”, de Kufstein, con idea de pasar juntos un par de días en el Tirol.

 

Aparte de recorrer algunos pueblos tiroleses que no conocíamos, el motivo principal de retornar al Tirol un año después era poder visitar, de una vez por todas, el jardín alpino en la cumbre del Kitzbüheler Horn, en Kitzbühel, visita que hasta el momento se nos había estado resistiendo. Sería la tercera vez que lo intentábamos. El mal tiempo se encargó de fastidiar las dos anteriores en 1995 y en 2006 (Ver visita al Tirol en el viaje a Hungría y Chequia - 2006).

 

Subiendo al Jardín Alpino

 

Esta vez a la tercera fue la vencida y con un cielo totalmente azul, los dioses fueron, por fin, clementes con nosotros. La paradoja fue que, después de tanto empeño, el tan anhelado jardín alpino resultó ser bastante menos bonito de lo esperado.

 

Seguramente finales de agosto no sea la época ideal para las flores, pero quizás también porque están presentadas de manera un poco descuidada, que desluce el resultado. Aunque tampoco importó demasiado. ¡Quitarse una espinita siempre es agradable!.

 

Para llegar al jardín alpino hay dos alternativas: el teleférico o la carretera. En ambos casos toca pagar. El teleférico es bastante caro, 15 €/persona, pero tiene su encanto por aquello de las vistas alpinas, que no son mala cosa. Cierra a las 17 h.; arriba, en la última estación, encontraréis un restaurante –con precios muy asequibles-, una tienda de souvenirs y una estupenda terraza-mirador que, con los Alpes como trasfondo, domina el valle de Kitzbühel.

 

En ese punto termina también la carretera de peaje que parte de los aledaños de la ciudad, con 10 km. de continuas horquillas y fuertes pendientes. La garita de peaje se encuentra a pocos kilómetros del inicio de la subida y se paga tanto por vehículo como por número de ocupantes: 7 € por los dos y el coche. Para compensar, con la entrada regalan unos vales-descuento para consumiciones en el bar-restaurante.

 

Una vez en el parking de la estación del teleférico y del restaurante aún hay que andar unos 20 minutos, en fuerte cuesta, hasta la entrada del jardín alpino que, al menos, es gratuito. ¡Y si quedan ánimos, los más entusiastas aún tienen otros 20’de duro ascenso hasta la antena de TV de la cumbre!.

 

El jardín alpino es pequeñito y consiste en un sendero que va serpenteando, en cuesta, mientras se van observando las diferentes especies de flores y plantas que crecen en las alturas, entre las cuales destaca, como no podía ser de otra manera, el edelweiss. Sin embargo, con un poco más de cuidado y buen gusto, el resultado sería más convincente.

 

Por la tarde paseamos por Kitzbühel, con su precioso casco antiguo y sus fachadas color pastel y aprovechamos para comprarnos una botellita de licor de crema de chocolate “Mozart”, de dorado envoltorio, realmente exquisito.

 

 

Kufstein y el Valle del Inn.

 

Al día siguiente pasamos la mañana en Kufstein, ciudad que me apetecía mucho conocer. Su tamaño recortado hace que se recorra rapidamente. La poderosa fortaleza domina la ciudad y aunque las casas no sean tan bonitas como las de Kitzbühel, la pintoresca callejuela Römerhofgasse, con sus típicas tabernas, justifica sobradamente, por sí sola, la visita. La encontraréis cerca del río Inn, al final de la plaza del Ayuntamiento y junto al puente. En la terraza de uno de los restaurantes junto al río, comimos un enorme y típico “filete empanado” austríaco –el “Wiener Schnitzel”- con generosa guarnición de patatas fritas y ensalada por el módico precio de 5,95 €. Sorprendente.

 

Pasamos la tarde en el Valle del Inn, visitando la medieval Rattenberg, famosa por sus talleres y comercios de vidrio soplado. Por último nos acercamos a Hall in Tirol, localidad que, exceptuando la plaza del ayuntamiento y la iglesia, es perfectamente prescindible.

 

Por supuesto que la zona da para mucho, mucho más, pero ya llevábamos tres años consecutivos pasando unos días en Austria y esta vez el plan terminaba ahí. Sin ir más lejos, Innsbruck queda a un tiro piedra y es una maravilla – Más información sobre Innsbruck en el viaje a Suiza - 2005 - y en Wattens los entusiastas del cristal de Swarovski podrán flipar con la exposición que tienen en la misma fábrica.

  

Amberg y la “tele-recepción” en el camping.

 

El miércoles nos separamos temporalmente de nuestros amigos. Ellos partirían rumbo a Karlovy Vary, en la República Checa y nosotros pasaríamos el día en Amberg, en Baviera, para visitar su casco antiguo, especialmente por puente-edificio “Stadtbrille” o “Puente de los anteojos de la ciudad”, llamado así porque sus dos “ojos” reflejados en el agua dan la impresión de que, en efecto, el puente usa gafas. El viernes nos reencontraríamos en Dresde con Pepe y Nany.

 

  

Llegamos, bajo un sol de justicia, al camping de Perschen-Nabburg, cercano a Amberg, a la una de la tarde y descubrimos una nueva forma de acampar: la “tele-recepción”.

 

El camping, situado junto a un centro recreativo de piscinas y básicamente ocupado por campistas permanentes, carece de recepción. Un cartel, en alemán y junto a la barrera, advierte que para acampar hay que llamar al timbre de Frau Gerasimenko -me quedé con el apellido porque me hizo gracia- en la vivienda que había allí mismo.

 

Tras una cierta espera apareció la Sra. Gerasimenko –una auténtica teutona a juzgar por sus dimensiones, aunque su apellido fuera ruso- y nos acompañó hasta la parcela. Allí, sacó el talonario de una pequeña cartera, nos cobró la estancia y nos dio la llave para la barrera. Todo en uno. Tele-recepción en estado puro. Lo nunca visto. ¡Ver para creer!.

 

El camping está bastante bien y por menos de 14 € pasamos la noche. Eso sí, conviene tener en cuenta que en los camping de la zona germánica (incluyendo Suiza y Austria) es costumbre el “mittagruhe”, el descanso de mediodía. Aunque los horarios pueden variar de un camping a otro, suele ser frecuente cerrar de 13 a 15 h. Eso supone que durante esas horas ni se puede acampar ni tampoco entrar o salir del camping con el coche. En muchas guías ya vienen señaladas las horas de cierre, que es un dato muy a tener en cuenta si la llegada prevista pudiera coincidir con ellas. Así se evitan inconvenientes retrasos.

 

La visita a Amberg coincidió con el 15 de agosto, festividad de la Virgen. En la católica Baviera ese día era festivo, lo que nos pilló por sorpresa, así que la ciudad estaba un poco desolada.

 

Quizás el puente de los anteojos sea lo más reseñable, porque el resto es bastante similar a otras muchas ciudades de la zona, en las que destaca el ayuntamiento medieval o renacentista. Es bonita, pero no tengo muy claro que la ciudad merezca un desplazamiento ex profeso.

 

Desde allí y de vuelta al camping, tras un pequeño rodeo, pasamos por Hirschau, cuya principal curiosidad es el llamado Monte-Kaolino, una gigantesca montaña blanca de caolín, que aparece en mitad de la campiña como salida de la nada. En su cara posterior hay un camping y un centro recreativo, pues la gente se divierte esquiando o deslizándose por ella. Obviamente en los alrededores abundan las fábricas de caolín, material básico en la fabricación de porcelana. No invertimos demasiado tiempo en verla. Hicimos las fotos de rigor y nos fuimos.

 

Antes de regresar al camping, nos detuvimos en el pequeño pueblo medieval de Nabburg, que desde la caravana se veía iluminado. Una bonita vista, desde luego.

  

Praga quedó para otra ocasión y nos fuimos hacia Dresde.

 

Al día siguiente teníamos prevista una escapada a Praga, a sólo 200 km de distancia, pues nos encantó cuando la visitamos el año anterior, pero en contra del impulso inicial de volver, al final nos dio pereza el desplazamiento, además de tener que cambiar nuevamente moneda, así que nos lo pensamos mejor y optamos por aprovechar ese día en el este de Alemania.

 

Ahí se acabaron los días soleados y desde por la mañana estuvo lloviendo rumbo a Dresde. La ciudad tiene dos camping. Uno, grande, en el sur, en el barrio de Mockritz. Y otro, pequeñito, en el norte, junto a la autopista A4, salida 81ª, llamado Caravan Camping.

 

 Optamos por este último, ya que su situación era mejor para movernos por los alrededores. El inconveniente es que puede que no haya sitio al llegar. Su capacidad es, como mucho, de unos 18-20 elementos de camping. Realmente es casi como estar en el jardín de la casa. Los aseos son sencillos, pero no estuvimos del todo mal. Y tampoco fue caro, unos 17,5 €/noche, perro incluido.

 

El dueño, que sólo habla alemán, es servicial, pero para no desmerecer el típico tópico alemán, es también bastante “cabeza cuadrada”, pues había que colocar la caravana exactamente como él quería. Vista la pequeñez del camping, me apresuré a comentarle que al día siguiente llegarían nuestros amigos y que si tendrían o no plaza libre. Me dijo que no preocupase por ello.

 

Sin embargo, cuando aún estábamos instalándonos, Pepe y Nany nos sorprendieron con la noticia de que se encontraban ya en Dresde, pues habían adelantado la vuelta desde Karlovy Vary. Y sin haber instalado aún la caravana, sucedió otro imprevisto: un problema de salud familiar les obligó a regresar precipitadamente a casa. Así que nos quedamos solos de nuevo.

 

 Y tomamos contacto con la “Ex” RDA.

 

Tras comer y aprovechando que la lluvia daba tregua, nos acercamos a Meissen, ciudad muy reputada gracias a su porcelana y con un casco antiguo interesante, coronado por el conjunto del castillo y la catedral.

 

De hecho era nuestro “primer contacto” con la vida cotidiana de la ex – RDA y lo primero que nos sorprendió fueron los bajos precios de pastelerías y tiendas de alimentación. ¡Menuda forma de cundir los euros!. Esa es una característica que se ha mantenido, en general, en toda la zona este de Alemania. El coste de la vida en Alemania, en comparación con el nuestro, va bastante a la par, al menos en productos básicos. Y en el Este, incluso puede que sea aún más bajo.

 

Sin ir más lejos, hemos podido disfrutar de unos espectaculares bocadillos de pescado, ahumado, por 2,5 €. Y los “bratwurst mit semmel”, o sea, la salchicha con panecillo, (nada que ver con las de “frankfurt” que venden aquí) por 1,5 – 2 €. por ejemplo. ¡Vamos, que la pena es que la zona nos pille tan lejos!.

 

Bocadillos de pescado en el puerto viejo de Wismar

 

Y hablando del Este alemán. Aunque algunos edificios todavía esperan turno para ser rehabilitados, apenas ya nada recuerda tiempos pasados. Y es que Alemania es Alemania, aunque sus nuevos estados federales todavía conserven un aire más rural y apacible que el bullicioso e industrializado Oeste.

 

Teniendo en cuenta nuestra no tan grata experiencia del año anterior por Hungría y la República Checa, sentíamos curiosidad por “palpar” la vida de sus vecinos alemanes. Y lo cierto es que no hay color. Más adelante volveremos sobre la cuestión.

 

De vuelta a Dresde, no quisimos perdernos la vista del “Blaues Wunder” o Loschwitzer Brücke, llamado “la maravilla azul”. Un puente de hierro, de color azulado, que cruza el ancho Elba, y que es patrimonio cultural de la UNESCO. Se encuentra al este de la ciudad, en la confluencia de la carretera S167 y la B6. La verdad es que es impresionante.

 

 

Recorriendo Sajonia, “puse un pie” en suelo polaco.

 

El viernes hicimos una excursión por Sajonia, recorriendo las bellas Bautzen, de carácter medieval, y la barroca Görlitz. Esta última tiene la curiosidad de encontrarse dividida, tras la segunda guerra mundial, entre Alemania y Polonia. Görlitz es alemana y Zgorzelec, polaca. Un puente peatonal y otro de vehículos mantienen unidas ambas mitades, aunque en realidad unan dos mundos muy diferentes.

 

La bonita Görlitz, tras una concienzuda rehabilitación, conserva su casco histórico, medieval y barroco, con edificios y portales realmente espectaculares. El ambiente y la riqueza del lado germánico contrasta drásticamente con el aire cutre y depauperado de la Zgorzelec polaca.

 

De entrada, el control policial aduanero ya enfría bastante el entusiasmo y, tras cruzar la frontera, la sensación es la de haber retrocedido décadas en el tiempo. Eso sí, un retrato de Juan Pablo II da la bienvenida.

 

Digamos que el ambiente nos gustó tan poco que Rosa ni se bajó del coche y yo lo justo para hacer algunas fotos. Y es que lo que vimos tampoco invitaba al paseo, la verdad. Zgorzelec carece de zonas peatonales o de una plaza mayor.

 

Las casas de las principales arterias de la ciudad pedían a gritos una mano de pintura y también tuvimos oportunidad de ver las famosas y grises “colmenas” del racionalismo soviético, a la que los polacos al menos le habían echado algo de luz y originalidad a tanta “tristeza gris” pintando las balconadas de colorines. Así que nos conformamos con dar una vuelta con el coche y salir de allí como alma que lleva el diablo. Realmente fue una decepción porque esperábamos mucho más de la Polonia fronteriza.

 

Pero rebobinemos un poco y retornemos al inicio del día. Entre Dresde y Bautzen hay unos 60 km. de autopista… sin limitación de velocidad, excepto en tramos puntuales. Bueno, qué decir de ello, que aún sin necesidad de ir “echando las bielas” como un poseso, resulta muy gratificante poder circular tranquilamente a 140-150 km/h. sin sufrimientos ni sobresaltos por sobredosis de radar. La gente conduce realmente bien y la velocidad media ronda los 130-140 km/h. lo cual habla muy en favor del sentido común del personal. Claro que, a menudo, los Mercedes, Audi, BMW y Porsche pasan como una exhalación por la izquierda…

 

Bautzen, como Görlitz, es una preciosidad medieval y también barroca. La vista de la muralla y las torres desde el lado oeste, especialmente al atardecer, cuando el sol las ilumina, es una pasada.

 

Es la capital cultural de la región de Sorabia y muchas de sus calles y carteles están escritos en alemán y en sorabo, lengua similar al checo. Al igual que en ciertas zonas de ese país, las buhardillas tienen una curiosa forma de “ojo” que resulta muy simpática.

 

Tras comernos una enorme salchicha, pusimos rumbo a Görlitz-Zgorzelec, a casi otros 60 km. de distancia. En Görlitz la zona medieval o Altstadt (casco antiguo en alemán) se articula alrededor de las plazas Obermarkt y Untermarkt. Prestad especial atención al ayuntamiento, a las fachadas decoradas y a los portales de las casas señoriales.

 

Allí fue donde descubrimos una cadena de panaderías-bollerías muy populares en la zona. Funcionan en régimen de autoservicio y disponen de máquinas de café y refrescos para aquellos que deseen consumir algo allí mismo. Un planteamiento muy curioso y con muy buenos precios, que a juzgar por la cantidad de clientes, disfruta de mucho predicamento.

  

Dresde en fiestas.

 

Dresde era el objetivo para el sábado. Aunque las guías ya advierten de la espectacularidad monumental de la ciudad –concienzudamente restaurada tras la guerra y tras la etapa soviética- la verdad es que impresiona mucho y bien.

 

Ese fin de semana, era 18 de agosto, la ciudad estaba en fiestas y el ambiente era fantástico. En ambas márgenes del Elba había casetas y chiringuitos, pero en la zona monumental ya era el acabose, tanto por número, como por la belleza de los puestos.

 

Si por algo nos encanta Alemania – reconocemos que año tras año nos ha ido cautivando más y más- es por los increíbles saraos que organizan. Las marcas de cerveza montan grandes paradas, pero no sirven comida; así que los hay de mil y un tipo de comidas y también de artesanía, aunque los de gastronomía ganaban por goleada a estos últimos. Si a eso le unimos unos precios más que contenidos, la jugada es perfecta.

 

Una costumbre muy alemana es la de cobrar una fianza a cambio de los vasos y platos, ya sean de loza o de plástico. Al final de la consumición se devuelven y así reducen drásticamente los residuos urbanos. Ya hemos comentado algunos precios, pero con decir que el vaso de 400 cl. de cerveza está en 2,5 € y que las generosas raciones de los guisos rondan los 2’5 - 4,5 €, os podéis hacer una idea de lo que puede disfrutarse por allí.

 

Del centro histórico de la ciudad no puede decirse otra cosa que no sea decir que es muy bonito. Mejor será leerse una buena guía turística para hacerse una idea de todo lo que hay para ver, aunque sea “reconstruido”, pues en sólo una noche de bombardeo aliado la ciudad quedó literalmente arrasada y 200.000 personas perdieron la vida.

 

Llama la atención el Zwinger, curioso edificio barroco alrededor de un enorme patio casi tan grande como un campo de fútbol. Se puede visitar gratuitamente. En el interior de los edificios del Zwinger hay varios museos, pero para recorrerlo no es necesario rascarse el bolsillo porque el acceso es gratuito.

 

Lástima que un despiste nos impidiera visitar la “Pfunds Molkerei”, la lechería más bella del mundo, que se encuentra en el mismo Dresde. Entre tanta salchicha y tanto chiringuito simplemente ni me acordé de ella. Bueno, un excelente motivo para volver… siempre y cuando estén en fiestas, claro.

 

 

“Bastei”, el farallón de la “Suiza sajona”.

 

A las cuatro de la tarde y ya un poco cansados de pasear Dresde, nos acercamos en coche a la llamada “Suiza Sajona”, una pequeña zona natural como su nombre permite adivinar próxima a la ciudad, caracterizada por sus formaciones rocosas, entre las que destaca el “Bastei” o “Bastión”, un enorme farallón a orillas del Elba.

 

Aviso a navegantes, si se quiere acceder al mirador del “Bastei” –cosa recomendable-, entonces hay que tomar la carretera que discurre por la margen este del Elba. De lo contrario tendréis que dar un enorme rodeo hasta poder cruzar el río con el coche, que fue lo que nos pasó a nosotros.

 

A unos 500 m. del “Bastei” hay un enorme aparcamiento de pago. El camino que asciende hasta el hotel y el mirador, contemplando de paso las formaciones rocosas –por las que puede transitarse a través de puentes y pasarelas- es muy cómodo. Desde el mirador hay una bonita vista del Elba y del pueblo de Rathen, en el que hay un transbordador, pero sólo para personas, no vehículos. No es que sea la séptima maravilla del mundo, pero es una zona bonita para pasar, al menos, medio día.

 

De vuelta a Dresde paramos un momento en la plaza mayor de Pirna, pueblo que parece tener bastante predicamento en las guías turísticas, pero que salvo su ayuntamiento no destaca por encima de otras localidades de la zona.

 

 

Y llegamos a Berlín, pasando primero por Potsdam.

 

El domingo abandonamos Dresde y nos trasladamos a Potsdam, histórica y monumental ciudad próxima a Berlín famosa por el encuentro entre Churchill, Roosevelt y Stalin tras el fin de la 2ª Guerra Mundial, para establecer “nuestro cuartel general”. Desde allí nos desplazaríamos a la capital alemana. Y es que los camping que dan servicio a Berlín se encuentran bastante alejados del centro y, en general, no demasiado bien comunicados. Si elegimos uno de los camping de Potsdam, a 50 km. del centro de Berlín, fue porque, dentro de lo que cabe, la “unión” con Berlín es buena, aunque el viaje sea largo y bastante “enrevesado”. Leer más sobre los camping “de ciudad” y el transporte público pinchando aquí.

 

Llegamos al mediodía al “Recra Camp Park Sanssouci-Gaisberg”, enorme y bien dotado camping a orillas de un lago. Está en mitad de un bosque, por lo que es fácil disponer de sombra. Es bastante caro, unos 33 €/noche, pero claro, es el precio de “acampar en Berlín”. De todas maneras tiene de todo y lo mejor es que dispone de un servicio gratuito de transporte desde el camping a la estación de tranvía de Pirschheide, a casi 3 km. de distancia. Ida y vuelta, claro. Para volver al camping, bastará con telefonearlos y acudirán raudos y veloces a buscaros. Como nada es perfecto, no admiten tarjetas de crédito. Algo a tener en cuenta si la estancia va a ser larga, pues hay que prever las suficientes reservas de efectivo para evitar las onerosas visitas a los cajeros automáticos. En general en muchos camping de la zona hay que pagar de esa manera. En la web de la fantástica guía ACSI, se indica si el camping acepta o no tarjetas de crédito, lo que permite hacer un buen cálculo de la moneda necesaria.

 

El camping cierra de 13 a 15 h. en aplicación del famoso “mittagruhe” germánico, por lo que no es posible entrar ni salir en coche. ¡Menudas colas de caravanas y autocaravanas se forman en el camino esperando a que abran la barrera!.

 

 En recepción también venden la “Berlin Welcome Card”, para 48 h. a 17,5 €, que incluye transporte gratuito y muchos descuentos en museos y tiendas de Berlín y Potsdam. Con cada tarjeta se incluyen 3 niños de hasta 14 años. También facilitan un plano con la red de metro urbano y suburbano.

 

¿Interesa comprarla?. Pues depende. Leer más sobre las tarjetas turísticas pinchando aquí. En 2007, el billete de transporte para un día en Berlín y alrededores costaba 6,30 €. Si no se va a visitar ningún museo ni tampoco se piensa coger el bus turístico – opción que recomendamos encarecidamente- pues entonces la respuesta es NO, aún visitándola por dos días.

 

Sin embargo, como el descuento para el bus turístico es de 5 € sobre la tarifa normal de 20 €, en tal caso sí merece la pena, pues con ello habremos pagado lo mismo y, a mayores, disponemos de un montón de vales descuento para los museos, por ejemplo. Y en Berlín hay muchos y muy buenos, destacando el del Muro y el Pergammon.

 

Los buses turísticos salen de Ku’damm –Kurfürstendamm, el famoso bulevar comercial del antiguo “Berlín Este”- y como hay varias empresas, conviene buscar las que tienen servicio de audio en castellano.

 

El metro berlinés carece de controles de acceso en las estaciones. A nosotros nadie nos pidió el billete, pero no aconsejamos viajar sin él, porque sí hay controles, aunque nosotros no los vimos.

 

 

Potsdam en domingo.

 

Pero volvamos al domingo. Una vez acampados y tras comer, nos fuimos en coche a Potsdam, a escasos kilómetros del camping. La ciudad es famosa por el palacio y parque de Sanssouci, residencia barroca de verano de los reyes de Prusia. La verdad es que no hicimos intención de verlo. Viajar con perro impone limitaciones y, además, ya empezamos a sufrir cierta “saturación” palaciega después de llevar muchos años viendo palacios uno tras otro.

 

No obstante y por si acaso hubiera algo “diferente” que nos hiciera replantear “la no-visita”, utilizamos el viejo truco de hojear los libros turísticos de las tiendas de souvenirs para ver las fotos de palacio y, en vista de lo visto, decidir si íbamos o pasábamos. Aunque impresionante, no deja de ser otro Versalles, así que nos mantuvimos en nuestra idea inicial. De todas maneras y a juzgar por sus gigantescas dimensiones, aquellos que no queráis perdéroslo posiblemente debáis dedicarle casi todo el día porque es realmente grande.

 

 Potsdam es una ciudad curiosa, pues alberga atractivos de lo más ecléctico. El “barrio holandés”, unas cuantas calles con hileras de casas de estilo holandés como reza su nombre, muy sencillas, construidas en 1733 para albergar una colonia de trabajadores neerlandeses. Para no perder la costumbre de alojar colectivos extranjeros, un siglo después, en 1826, se construyeron unos preciosos chalés de troncos de madera –el barrio ruso o “de Alexandrowska”- para albergar esta vez a un coro de cantantes rusos, que suponemos harían más de una función en la zona, para justificar semejante “campamento”, claro. Sin duda es algo que no hay que perderse, por bonitas y por curiosas, ya que parecen realmente “estar fuera de lugar”.

 

Siendo la ciudad un punto clave prusiano, no es de extrañar que existan auténticas mansiones, aunque muchas de ellas estén aún faltas de rehabilitación debido a los avatares de la etapa soviética.

 

La Historia en mayúscula se detuvo varias veces en Potsdam. La última, en 1945, cuando los líderes aliados se reunieron en el Palacio Cecilienhof, edificio de estilo Tudor, para “repartirse Alemania” al finalizar la Segunda Guerra Mundial y paradójicamente construido durante la Guerra del 14, la primera, que actualmente ocupa un hotel.

 

Cecilienhof se encuentra a las afueras de la ciudad, en una zona residencial donde aparcar en las calles aledañas es muy complicado. No obstante el hotel posee un parking de pago a 2 € la hora. Aunque a la entrada se avisa de que no se cobra el estacionamiento inferior a 15 minutos, no os lo creáis. Nosotros “fichamos” un minuto antes del cuarto de hora y sin embargo la máquina nos reclamó el dinero. Además 15 minutos no es tiempo suficiente para poder ver el edificio con tranquilidad. En suma, disfrutad de la visita y disponeos a soltar los dos euritos.

 

El centro de Potsdam no tiene mucho encanto, pero creemos que, con todos los atractivos que ofrece en general, bien se le puede perdonar. Los domingos, de 10 a 17 h. encontraréis un animado mercadillo de artesanía en Lindenstrasse, en pleno centro.

 

Después de pasear por el mismo y dar una vuelta por el barrio holandés, nos fuimos en coche a las afueras, al Krongut Bornsted, -las antiguas caballerizas del Sanssouci- actualmente transformadas en zona de recreo, gastronomía y artesanía. Vale la pena el desplazamiento si disponéis de tiempo suficiente, en caso contrario seguramente sea bastante prescindible.

 

En el patio-jardín había música en vivo y en compañía de una “bier”, una salchicha o un “Bismarck” –bocadillo de arenque marinado- la visita resultó mucho más agradable. La entrada es libre. Hay parking de pago al lado del recinto, pero pudimos aparcar en la calle sin problemas.

 

Por último conviene decir que Potsdam dispone también de un parque temático para toda la familia dedicado al cine en los antiguos estudios Babelsberg, donde se rodaron títulos míticos como “Nosferatu” o “El Ángel Azul” o, recientemente, “La niña de tus ojos”, con Penélope Cruz y Antonio Resines.

 

 

Y, por fin, nos fuimos a Berlin.

 

A las 8,45 salía el primer viaje de la furgoneta del camping. Su reducida capacidad aconseja, pues, madrugar. Nos dejó en la estación de tren de Pirschheide, a unos 3 km. del camping.

 

Allí mismo se coge el tranvía 91 que lleva a la Hauptbanhof o Estación Central de Potsdam. De allí parte la línea S7 del metro suburbano al centro de Berlín. Bajamos en la estación de Zoogarten –donde nos cobraron 1 € por aliviar la vejiga, el precio más alto que hemos pagado jamás por esos menesteres - y tras un par de paradas de metro, llegamos a la avenida Ku’damm. En total 1,45 h. de desplazamiento desde el camping, que no es cosa manca. Resumiendo, que el traslado a Berlín es un latazo de tomo y lomo.

 

Ante semejante panorama uno podría sentirse tentado a ir al centro en coche. ¿Vale la pena?. Pues dependerá del número de pasajeros y del plan de visita.

 

En términos de tiempo, con los proverbiales atascos berlineses, puede que las diferencias no sean muy grandes. Raro sería que una hora no nos llevase llegar del camping al centro urbano. Luego hay que tener en cuenta el tema del aparcamiento. No sabemos a cuánto se cotiza la hora de aparcamiento en Berlín, pero en el resto de grandes ciudades alemanas la hora estaba a unos 3 euros –en línea con el resto de grandes capitales europeas por otra parte.

 

Y luego está el tema del transporte público. Probablemente si el centro urbano de Berlín fuera compacto y los puntos de interés monumental y turístico estuviesen juntos, el coche sería una opción clarísima, pero es que no es el caso. Berlín no sólo es enorme, ¡es que sus puntos de interés están muy alejados entre sí!. Esta circunstancia obliga a un uso intensivo del metro o autobús. De ahí el gran interés del bus turístico.

 

Dicho de otra manera, teniendo en cuenta que cogeremos el metro en bastantes ocasiones, una de dos, o pagamos religiosamente cada billete sencillo –lo que puede suponer una pasta- o nos compramos la “Berlin Welcome Card”, pero entonces desaprovechamos el transporte gratuito si vamos en nuestro coche. Por eso mismo, si la necesidad de transporte público va a ser baja y somos bastantes para llenar el coche, puede que compense no comprar la tarjeta turística e ir en coche. Y si no, pues hala, a tardar más de hora y media en llegar a la ciudad... como nosotros.

 

Para el primer día en la ciudad nos pareció una excelente idea coger el bus turístico. Te lleva por todas las zonas interesantes de la ciudad, muy separadas entre sí, aderezado con los pertinentes comentarios. De esa manera el contacto con Berlín es bastante más profundo. Además se puede subir y bajar donde apetezca sin problemas, pues la frecuencia de paso de los autobuses es elevada.

 

Desde Ku’damm nos apeamos en la Alexanderplatz, horrible plaza icono del Berlín soviético, al lado de la catedral. Es gigantesca, pero realmente desangelada, dominada por impersonales y austeros edificios del racionalismo soviético.

 

Andando nos acercamos al “Spandau Viertel” o barrio de Spandau –nada que ver con el suburbio y la cárcel que alojó a Rudolf Hess. Teniendo en cuenta que la ciudad, debido a la destrucción de la guerra, carece de “centros peatonales”, el barrio se ha hecho famoso por haber sobrevivido a los bombardeos y por sus famosos patios comunicados entre sí, llenos de tiendas. Son bonitos, pero después de tanto entusiasmo descriptivo de la guía turística tampoco nos pareció nada del otro mundo.

 

Bueno, hemos de confesar que Berlín no nos encandiló. No porque no sea impresionante, que lo es; no por su carga histórica, que la tiene; no porque no tenga grandes monumentos y edificios, que no faltan. Simplemente no nos encandiló sobre todo porque es bastante “fría” y con un punto “inhóspito”. Se echa mucho de menos “un corazón”, un centro peatonal que le dé calor y sabor como hay en tantas ciudades alemanas. Claro que echando mano a la Historia uno entiende que las cosas sean así, pues tras la destrucción de la guerra, muchos solares quedaron en eso, en solares, y los rusos tampoco hicieron nada para remediarlo, así que es una ciudad muy espaciosa, con mucha zona verde, pero muy diferente a las otras grandes ciudades alemanas. En fin, para gustos se han hecho los colores.

 

Nos gustó lo que vimos, aunque realmente hiciésemos más una visita “panorámica” que otra cosa, pero lo cierto es que no nos quedaron muchas ganas de volver al día siguiente. Y eso que teníamos la tarjeta para un segundo día. El largo y pesado trayecto desde el camping también pesó lo suyo en la decisión de no volver, teniendo en cuenta que los principales lugares que queríamos ver, los vimos.

 

Me gustó particularmente el “Checkpoint Charlie”, “la frontera” entre los sectores estadounidense y soviético durante la Guerra Fría y punto donde se intercambian los espías unos y otros. El lugar ahora es una atracción turística y conserva la famosa garita con sus “guardias” y todo, para que los guiris se hagan la foto de rigor.

 

El museo del muro está allí mismo, pero una inmensa cola de gente –unida al intenso calor- nos hizo desistir de visitarlo. En compensación, abundan en la calle los paneles explicativos - en alemán e inglés- sobre la historia del muro y de la guerra fría, lo que hace un poco menos imprescindible la visita al museo. Todavía quedan en pie algunos lienzos de muro que han quedado como “recordatorio” de algo que nunca debió de existir.

 

Gendarmerplatz pasa por ser, dicen, una de las plazas más bonitas de la ciudad, aunque a nosotros no nos lo pareció, por algo que ya hemos dicho, es muy fría y muy grande, aunque sus edificios neoclásicos tengan su punto.

 

La “isla de los museos” en mitad del río Spree, con sus edificios históricos puede que sea de las zonas más bonitas de la ciudad. Allí se encuentran algunos de los museos más importantes tanto de Alemania como del mundo, destacando el “Pergamon Museum”, que expone, entre otras maravillas, el “Altar de Pérgamo”, las puertas del mercado de Mileto o la avenida de los leones de Babilonia. Me hubiera gustado mucho visitarlo, pero ya hemos comentado que viajar con la perrita tiene muchas cosas buenas, pero también limitaciones y esa fue una de ellas.

 

La Puerta de Brandenburgo, junto a la avenida Unter den Linden, impresiona, sobre todo, por su historia. Lástima que las obras del metro le quitasen parte de su atractivo. Los edificios modernos de la ciudad son de quitarse el sombrero, destacando el edificio Sony y la nueva estación de ferrocarril.

 

El parlamento, el Reichstag, sito en una zona abierta y ajardinada (las bombas hicieron estragos, por lo que abundan las grandes extensiones libres de edificios) también impacta.

 

Comimos muy bien en una terraza bajo un enorme árbol, en el barrio de San Nicolás, el “Nikolai Viertel”. Ese conjunto de calles, conocido como la Disneylandia Socialista, fue un intento de la RDA de recrear algo semejante a un “barrio antiguo” a base de trasladar edificios de otras zonas de la ciudad, para conmemorar el 800 aniversario de Berlín. El resultado es, en verdad, bastante soso e impersonal, pero ya hemos comentado que a Berlín le falta “un corazón urbano”, así que a falta de pan...

 

Aunque quizás a nosotros no nos entró por el ojito derecho, para ser justos con la capital alemana, creemos que para disfrutar de todo lo que ofrece, que es muchísimo, la ciudad merece ser visitada detenidamente, durante varios días y, a ser posible, desde dentro, o sea en hotel, que nos ahorre los molestos desplazamientos. Vamos, lo mismo que nos puede pasar con Londres o París, sin ir más lejos.

 

En suma, que tras un intenso día en Berlín y una vez decidido que no volveríamos al día siguiente, de regreso al camping y gracias a la perrita conocimos a un matrimonio italiano, que viajaba, por supuesto, en autocaravana, y que el azar quiso que pensasen visitar la capital al día siguiente.

 

Creemos que aún no se han recuperado de la sorpresa que les supuso encontrarse, de pronto, con una “Welcome Card” en la mano. Al saber de sus intenciones, les ofrecimos quedarse con nuestras tarjetas, que por otra parte estaban destinadas a la papelera. Se quedaron pasmados con el ofrecimiento y aunque insistieron en pagárnoslas, nos negamos en redondo a tal cosa. Lo que más nos impactó fue el comentario de que “un italiano nunca hubiera hecho algo así”...

 

Aquella noche cayó un auténtico diluvio. Al abrir la puerta de la caravana talmente parecía que hubiéramos acampado en pleno lago. Y no exageramos. Tuvimos que salir descalzos para no empapar los zapatos. De ese modo el mal tiempo ayudó lo suyo a convencernos de que la decisión de salir rumbo a las ciudades bálticas del norte de Alemania en detrimento de Berlín no era tan descabellada.

  

Y llegamos a las ciudades bálticas del norte de Alemania.

 

Nos trasladamos a Zierow, junto a Wismar. El camping se encuentra justo en la playa, en el Ostsee para los alemanes y “Báltico” para nosotros.

 

Lübeck, Wismar, Schwerin, Rostock y Stralsund, ciudades pertenecientes a la antigua Hansa, destacan por su bella arquitectura gótica en ladrillo, muy diferente a la existente en el resto del país. Lübeck, es una maravilla que no hay que perderse. Nosotros la visitamos en el ’99.Leer más sobre Lübeck en el viaje a Dinamarca.

 

Stralsund

Las otras cuatro ciudades, que se quedaron en la RDA, son también muy bonitas, pero su reciente historia también les ha dejado alguna que otra huella. El ambiente en todas ellas es animado y relajado a la vez. Wismar y Stralsund son ciudades patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Aunque después de haber visto esta última, dada su lejanía, creo que ahora mismo me pensaría seriamente si incluirla en el itinerario. Y es que lo que podáis ver en Stralsund lo tenéis en Lübeck y en Wismar. Rostock pilla algo más cerca, pero de todas es la menos atractiva, exceptuando a Stralsund.

 

El casco antiguo de Wismar es muy coqueto y en el “Altes Hafen” o puerto antiguo, los puestos de bocadillos de pescado –montados en barcas- son una delicia para el paladar. Vamos, de lo que más me ha gustado de todo el viaje. Los bocadillos son sencillamente espectaculares, tanto en tamaño como en sabor. Los hay de muchas clases, ahumados y sin ahumar y a unos 2,5 € en 2007. Me comí varios sólo por placer, no porque estuviera hambriento.

 

El jueves es día de mercado en Wismar, en la plaza mayor. Es pequeño, pero le da mucho ambiente a la ciudad. Cierra a las 18 h. y como todo mercado alemán que se precie, dispone de numerosos puestos de comida para todos los gustos. Esa zona también destaca por sus buenos precios.

 

Schwerin, capital del estado de Meckleburgo- Pomerania Occidental, merece un aparte. Rodeada de lagos, destaca por su palacio de estilo neorrenacentista, -actualmente parlamento regional- construido por el rey de allí en el siglo XIX, claramente inspirado en el castillo de Chambord, en el Loira francés. El aspecto majestuoso del palacio, rodeado de agua, es una pasada. Sólo por eso vale la pena la visita, pues el casco urbano carece del gancho de su vecina Wismar.

 

El día de llegada dimos una vuelta somera por Wismar justo antes de que cerrase el comercio. Al día siguiente vimos Rostock y Stralsund, ésta última a 160 km. del camping. Y por último, en jueves, visitamos Wismar en día de mercado y Schwerin por la tarde. La zona, como ya he comentado, me ha parecido muy atractiva, aunque ahora, a toro pasado, yo me ceñiría mejor a Lübeck, Wismar y Schwerin si el tiempo disponible escaseara.

 

Así dimos por terminado el periplo por la Alemania del Este, que nos ha gustado mucho, la verdad. Lástima que nos pille tan lejos de casa porque es un lugar estupendo para unas vacaciones tan apacibles y tranquilas, como agradecidas para el bolsillo.

 

 

Y los “días extra” los pasamos en Hannover y alrededores.

 

Al disponer de un par de días “extra”, ganados tras los cambios de itinerario realizados sobre la marcha, decidimos pasarlos en Hannover y alrededores, en concreto en las maravillosas ciudades de Celle y Goslar.

 

Celle

Leipzig, por su situación un poco “a trasmano”, también fue otra de las ciudades que se quedaron en el camino, así tenemos otra buena razón “para volver” a la zona en otra ocasión. Tengamos en cuenta que la antigua Alemania del Este no se agota con el itinerario que hemos hecho en este viaje. Ciudades góticas como Erfurt o Weimar ni tan siquiera las contemplamos, pero no significa que no merezcan ser visitadas, de modo que quedan pendientes para un próximo viaje al centro de Alemania.

 

 Acampamos a las afueras de Hannover, en el camping “Springhorstsee”, en Grossburgwedel, por 14,5 €. Es un camping con unos aseos más que buenos.

 

Para estos cambios imprevistos durante el viaje, resulta muy útil llevar siempre guías de camping de los países a visitar, porque nunca se sabe si nos veremos en la tesitura de tener que cambiar de camping o buscar uno en otro lugar.

 

En Hannover aprovechamos para renovar nuestra ya anciana guía alemana de camping y volvimos a comprarnos la “ECC campingführer”. Un enorme tomo, que incluye camping de toda Europa, por 15 euros. La guía ADAC alemana también es muy buena, aunque son dos tomos.

Habíamos estado ya en Hannover con motivo de la Expo Universal 2000, a la vuelta de los fiordos noruegos, pero en aquel entonces no tuvimos ocasión de ver la ciudad. Sin embargo sí dedicamos un día a recorrer “La ruta de los cuentos de hadas”, que tiene a Hamelín –Hameln- y a Hann-Münden como hitos fundamentales, con un excepcional conjunto urbano medieval de casas de entramado de madera. Una ruta muy bonita y muy recomendable.

 

Pasamos la tarde del viernes en Hannover. La ciudad, muy dañada en la guerra, es fundamentalmente moderna, pero su monumental “Neues Rathaus” o ayuntamiento nuevo, es realmente impresionante. Parece lo que es, un palacio.

 

Lo poco que queda de su casco antiguo medieval es coqueto y muy animado, especialmente al atardecer, con sus restaurantes y terrazas llenas de gente. Tuvimos la fortuna de tropezar con una exhibición de tangos a cargo de una asociación de entusiastas tangueros teutones y fue muy agradable. Ambientazo en toda regla. Ya hemos comentado que las fiestas alemanas son de órdago.

 

 

Celle y Goslar, ciudades pequeñas y maravillosas.

 

Al día siguiente nos dimos un “atracón” de arquitectura de entramado de madera, con esas casitas tan de “cuentos de hadas”. Se nota que los Hermanos Grimm eran hijos de la zona. ¡A ellos les debemos el asociar esas preciosas casas con los cuentos de hadas!

 

Celle y Goslar son dos pueblos-ciudad de auténtico cuento. El sábado por la mañana es día de mercado en Celle. Entre ambas cuentan con dos millares de casas de entramado. Son muy turísticas, pero eso no les quita ni un ápice de encanto. Dos visitas realmente imprescindibles.

 

La banda no estaba borracha en Celle

Además el tiempo acompañó y eso siempre es de agradecer. Quizás el mayor problema de un sábado es que el comercio cierra pronto, a las 16 h. y ya se sabe que eso es sinónimo de “ciudad desierta” o casi. Goslar, por su atractivo turístico, acusa menos esa circunstancia, pero es un elemento a tener muy en cuenta. Los centros urbanos de ambas ciudades son una preciosidad y resulta muy, muy agradable pasear por sus calles o sentarse tranquilamente a tomarse una cervecita en cualquiera de sus terrazas.

 

Acabamos el día de forma inesperada cenando en el ¡IKEA! que había cerca del camping. Era como estar en España, sólo que con los carteles en alemán…;

 

 

Y dejamos Alemania para irnos a Holanda. Amsterdam nos esperaba.

 

Y si las tardes de los sábados plantean problemas, los domingos se llevan la palma. Es el día ideal para todo aquello que no suponga visitar ciudades o pueblos, salvo los muy, muy turísticos, claro. Leer más sobre qué hacer los domingos y festivos.Así que la jornada dominical nos vino como anillo al dedo para desplazarnos hasta Amsterdam.

 

El viaje fue muchísimo más lento de lo previsto, pues debido a algunas obras en la autopista alemana sufrimos importantes retenciones. El fortísimo viento frontal hizo el resto. A las 18,20 entrábamos en el “Gaasper Camping” de Amsterdam, situado muy cerca del cruce de las autopistas A1/A9 y excelentemente comunicado por metro con el centro de la ciudad.

 

El horario de recepción es de 9 a 21,30, aunque cierran de 12 a 13,30 para descanso del personal. Allí os venderán el billete de 1 día para los transportes públicos de Amsterdam por 6,5€/persona. Es la mejor opción, sin duda, pues el billete sencillo desde el camping es bastante caro, pues en Amsterdamn se aplica el sistema de zonas y, en consecuencia, el billete sencillo sale bastante caro. Nosotros cogimos varios tranvías, además del metro ida y vuelta, así que se amortiza bien el billete para un día. En el metro no hay un control demasiado estricto de billetes, pero en los tranvías, sí.

 

El camping está bastante bien, con zonas separadas para tiendas de campaña y caravaning –las parcelas son amplias y tienen grifo y desagüe-, aunque es su “debe” hay que anotar la existencia de un único fregadero sin agua caliente en el bloque de servicios, la falta de papel higiénico y las duchas de pago, sobre todo porque no es barato, 26,50 € por día, pero es bastante más barato que el de Potsdam, por ejemplo.

 

Hagamos notar que los parking públicos en el centro de Amsterdam pasan por ser de los más caros de Europa, por lo que conviene tenerlo en cuenta si alguien se plantea llegar al centro en su coche. La verdad es que la parada del metro está a unos 150 m. del camping y es un medio comodísimo para desplazarse al centro. Por eso mismo elegimos el “Gaasper” y no otro camping de los que rodean la capital holandesa.

 

 

Amsterdam y sus canales.

 

El lunes lo pasamos en Amsterdam. Era la cuarta visita a la ciudad, pero hacía ya algunos años de la última y nos apetecía volver. Paseando por sus calles abarrotadas de gentío, tranvías y ciclistas recordamos porqué unos vecinos de parcela, holandeses, el año anterior nos habían mirado con incredulidad cuando les dijimos que lo que más nos gustaba de Holanda era su vida relajada y su paz…¡Lo negaron con todas sus fuerzas diciendo que los de Amsterdam estaban literalmente locos!.

 

Desde luego Amsterdam y alrededores tiene un tráfico muy denso, así que tampoco es tan raro su comentario. También nos acordamos de nuestro último vecino de parcela, en el camping de Hannover, holandés a la sazón, que al decirle que nos íbamos a Amsterdam, me miró como diciendo –“Tío, estás majara”- y me espetó un socarrón “Amsterdam? Why, Amsterdam?. Al decirle que era bonita y que nos apetecía volver, me respondió algo muy sensato y que ya sabíamos de sobra… ¡que hay un montón de ciudades mucho más bonitas y más tranquilas que Amsterdam!. Afortunadamente los pueblos y ciudades pequeñas del país ponen el debido contrapunto a tanto ajetreo. En fin, anécdotas viajeras.

 

La ciudad es espectacular, a pesar de los agobios, y tiene cosas que no se encuentran en el resto de Holanda: multitud de canales, las típicas y estrechas fachadas fruto de las políticas fiscales de antaño, los sex-shop, los “coffee-shop”, el cannabis por doquier, el “barrio rojo” y sus escaparates de “carne humana”, etc.

 

El Barrio Rojo

Cualquiera que no haya pisado la capital holandesa deberá prever, al menos, dos o tres intensos días de visita si quiere empaparse de todo lo que Amsterdam ofrece. Siendo ya “veteranos” en la ciudad, nos dedicamos a aspectos menos vistos. Por ejemplo el mercadillo de Waterlooplein, de artesanía y objetos varios, que es muy interesante. Y siguiendo por los mercadillos, regresamos al de AlbertCuypstraat, que es el más grande de la ciudad, especialmente dedicado a la alimentación y a la ropa, aunque esté un poco lejos del centro “turístico”. No faltan los puestos donde calmar el apetito.

 

Y por supuesto tampoco nos perdimos el de las Flores, abarrotado de turistas y donde no era difícil pensar que no habíamos salido de la piel de toro de tanto oír hablar a paisanos. No me extenderé más en descripciones, pues para disfrutar Amsterdam lo mejor es proveerse de una buena guía turística, pues los atractivos son muchos y muy variados, y. Sobre todo, hay que patearse el centro andando. Y si las fuerzas flaquean siempre nos quedarán los miles de tranvías para aliviar la fatiga. Aunque esta vez no lo visitásemos, creemos que el museo de cera de Madame Tussaud vale la pena, especialmente si se viaja con chiquillería.

 

Holanda es uno de nuestros países favoritos. Nos encanta. Es preciosa y sus gentes son muy agradables, en general, claro. Tampoco plantea problemas de idioma, en inglés por supuesto, pues casi todo el mundo lo habla fluidamente. Podemos decir que la conocemos “casi” por entero, pero como siempre hay “flecos” pendientes, ese martes decidimos saldar cuentas con alguno de ellos.

 

 

Naarden, Wijk bij Duurstede y Amersfoort.

 

Así volvimos a Naarden, pueblecito cuyo principal atractivo es su fortificación en forma de estrella, del siglo XVII, algo que a ras de suelo se aprecia tirando a poco, aunque para eso ya están las postales aéreas. Naarden es un símbolo para Holanda, pues allí obtuvieron su primera y sonada victoria sobre los Tercios de Flandes. Más interesante es el “Muiden Slot” o Castillo de Muiden, sito en los alrededores.

 

El resto del día, lamentablemente, fue bastante decepcionante. Visitamos la pequeña Wijk bij Duurstede – ciudad totalmente prescindible- pero que por el entusiasmo descriptor del autor de la guía turística nos animamos a visitar. Tampoco es que nos pillase de sorpresa, pues gracias a internet el buscar fotos de los sitios a visitar ayuda a “ver” si aquello que la guía describe colma o no las expectativas creadas. Y si cuesta encontrar fotos, entonces mala señal. Seguro que aquello no debe valer demasiado la pena. Y eso es lo que nos pasó con Duurstede, que salvo un molino a orillas del Lek, uno de los brazos del delta del Rin, el resto es anodino a más no poder, aún así fuimos, con el resultado que ya conocemos...

 

Por último, Amersfoort tampoco acabó de convencernos, más que nada porque esperábamos más. Destacable es su preciosa puerta medieval, sobre un canal y la plaza mayor, pero poco más. Vamos, que salvo que unas largas vacaciones os lo permitan, hay miles de lugares más interesantes en el país en los que “gastar” los días de asueto. Es lo que tiene visitar “destinos de segunda”,,,

 

 

Alrededores de Amsterdam: Edam, Volendam y Marken.

 

Los miércoles se celebra el mercado del queso en Edam, los jueves en Gouda y los viernes en Alkmaar. Los tres son imprescindibles en toda visita a Holanda que se precie. Las localidades son auténticamente de foto –esas sí- y en esos días el jolgorio y el espectáculo son de órdago.

 

Pues bien, nos fuimos a Edam, pero nos encontramos con un chasco, pues el último día de mercado había sido la semana anterior. Aún así un paseo por un pueblo tan encantador siempre resulta muy agradable y no faltan tiendas donde aprovisionarse de quesos varios, no en vano el “Edam” es el queso típico de bola, aunque sólo para la exportación, pues allí lo que se encuentra es bastante diferente, pero tan bueno o más que el que nos llega aquí. Muy rico el de comino y el de hierbas.

 

Su casi “gemela” Volendam es Holanda en estado puro. Las casas del puerto, a orillas del Zuiderzee, son de postal y ningún viaje al país de los pólderes debiera prescindir de su visita. Seguramente el eje Edam-Volendam-Marken sea lo más de lo más en toda visita a los Países Bajos, a excepción de la capital, claro.

 

 

Y nos fuimos a Middelburg, al sur de Holanda.

 

A las 13 h. regresábamos al camping con idea de salir lo antes posible rumbo al sur, a Middelburg, la primera ciudad holandesa que visitamos en un ya lejano 1994. Una cosa muy buena del camping Gaasper es que no te obligan a marchar a las 12 de la mañana. Si se desea demorar algo la salida sólo hay que pagar 1,5 € por hora excedida. Es una medida tan práctica que es una pena que no se popularice más.

 

200 km. después, a las cuatro de la tarde, entrábamos en el camping municipal de Middelburg. No nos engañemos, el camping es muy, pero que muy mejorable, pero gracias a su ubicación a las afueras de la ciudad, resulta práctico para recorrer la zona. En realidad no es más que un extenso prado y sus aseos son contemporáneos de Pedro Picapiedra y su amigo Pablo. Tiene cafetería y, eso sí, no nos pusieron pegas para irnos a las tres de la tarde sin tener que abonar un día extra.

 

Como original alternativa, abundan por la zona los “mini-camping”, que no son otra cosa que pequeñas áreas de acampada habilitadas en las parcelas de muchas de las casas de la campiña holandesa. Es algo que no suele verse en otras regiones del país, pero que es bastante similar a los “camping à la ferme” franceses.

 

Nos tomamos la tarde con mucha calma y aprovechamos para visitar el “Miniatuur Walcheren”, un pequeño parque con maquetas de los edificios emblemáticos de la región de Middelburg. En 1940 un devastador bombardeo nazi arrasó la ciudad. Las maquetas se construyeron como modelos para la necesaria reconstrucción urbana y tuvieron tanto éxito que acabaron como atracción turística. Está bien para niños –tiene muchas zonas de juego para ellos- pero lógicamente no pretende competir con el parque “Madurodam” de La Haya (Den Haag), auténtica estrella de los parques de maquetas de edificios. Es digno de ver, de veras.

 

 

Mañana en Holanda y tarde de viaje.

 

El jueves iba a ser el día de la despedida a Holanda. Dedicamos parte de la mañana a Zierikzee, pueblo que, según la guía, presume de albergar más de 600 “monumentos”. No sabemos qué significará “monumento” para el autor de la guía, pero o nosotros nos equivocamos de pueblo o no estaría de más que alguien se ocupase de numerarlos de forma bien visible a fin de que los visitantes pudieran descubrir tanto “monumento” oculto. La verdad es que nos fuimos de allí con un cierto regusto a tomadura de pelo, porque la ciudad a excepción de un torreón y una puerta medieval, poco más parece ofrecer. Menos mal que era jueves y como tal, día de mercado, lo que compensó en parte el chasco.

 

De vuelta a Middelburg, -que sin presumir tanto de ciudad “monumento”, sólo con su ayuntamiento y la torre del campanario uno ya se queda más que satisfecho- pasamos por la carretera que bordea el dique del “Plan Delta”, gigantesca obra de ingeniería diseñada para proteger los países bajos de los embates del Mar del Norte. Y nuevo jarro de agua fría. 13 años antes allí había una interesante exposición, la “Delta Expo”, con paneles explicativos sobre el dique. En cambio ahora han construido una especie de parque de atracciones, el Neeltje Jans, con parking de pago a 6 € la estancia y sin posibilidad de aparcar sin pasar por caja…

 

De todas maneras merece la pena recorrer el dique, sobre todo para tomar conciencia de lo que han tenido que luchar los holandeses para vencer la fuerza del mar. Y si hay interés en saber más del tema, pues nada, a visitar la exposición de Neeltje Jans...

 

El jueves es día de mercado en Middelburg y es impresionante. La inmensa plaza del ayuntamiento está literalmente tomada por puestos de todo tipo y el ambiente y el gentío son considerables, lo que se traduce en grandes dificultades para aparcar, pues prácticamente todo el centro es peatonal. En tal caso a quien madrugue seguro que Dios le va a echar un cable en forma de plaza de parking… el mercado cierra a las 17 h. y es un lugar excelente para degustar la gastronomía local y foránea, pues la oferta es amplísima. Un dato a tener en cuenta es que fue el lugar en el que los quesos fueron considerablemente más baratos. Lástima que ya hubiésemos hecho las pertinentes compras en Edam...

 

A las tres de la tarde nos pusimos en ruta con intención de dormir pasado París, pues no queríamos ni imaginar los atascos que podríamos vivir al día siguiente si no la cruzábamos de noche. Aún así, cruzando la capital francesa a eso de las nueve, nos tocó padecer varias retenciones y un tráfico intensísimo.

 

Llegando a esa hora no quisimos tomar la A-104, la circunvalación exterior, llamada “La Francilienne” - unos 20 km. más larga que por las autopistas A-3/A-86 que constituyen el anillo intermedio y la “ruta lógica” por kilometraje- y optamos por ésta última, pero nos sorprendió mucho la densidad del tráfico. La intención era acercarnos lo más posible a Saintes, nuestro destino final.

 

La idea inicial era dormir en alguna área de autopista cerca de Tours, pero el estrés de cruzar París – alucinante la velocidad a la que nos adelantaban, por derecha e izquierda, los trailers -¡iban como locos!- y el cansancio acumulado nos hizo detenernos en el camping “Le Vauvert”, en Ormoy la Rivière, bien señalizado desde la salida de “Étampes centre ville”. Viejo conocido nuestro, ahora han instalado barrera de acceso, pero delante de ella tienen acondicionadas 4 parcelas para llegadas tardías. En tal caso se presentará el vigilante nocturno y os pedirá un documento de identificación, pues la oficina de recepción está muy lejos de la zona de entrada. La recepción abre a las 8,30 de la mañana. En el camping nos ahorramos el ruido y el bullicio de las áreas de autopista. Y es que para llegar a Orleáns vamos siempre por la antigua N-20 hasta Artenay, en vez de la onerosa autopista de peaje A-10, pues es autovía gratuita y un tramo de carretera muy buena. leer más sobre la mejor ruta para ir o volver de parís.

 

 

Saintes, la última parada del viaje.

 

A las 14 h. llegamos a Saintes, cuyo camping municipal, perfectamente señalizado desde la salida de la autopista, está bastante bien. Dispone de cafetería y piscina.

 

La parada en Saintes obedecía a varios motivos: no conocíamos la ciudad y, además, era un punto estupendo en el mapa para hacer un día de “relax” tras tanta autopista, pues queda a sólo 700 y pico km. de Valladolid.

 

Saintes presume de sus vestigios romanos: el anfiteatro y el Arco de Germánico. Es también muy bonita “L’Abbaye aux Dames”. La catedral románica de St.Pierre domina el casco viejo, que no “antiguo”, porque por su aspecto resulta bastante más acertado llamarlo así... ciertamente las calles peatonales, aunque animadas, despiden un aire bastante cutre.

 

 En cualquier caso Saintes nos sirvió perfectamente para el objetivo buscado: pasear, ver cosas nuevas y evitar dos días consecutivos de coche. Como colofón al viaje, terminamos la jornada en el Carrefour local haciendo acopio de delicatessen francesas y aunque la cosa no entraba en nuestros planes iniciales, el espectacular marisco de la pescadería nos llevó a regalarnos una cena pantagruélica en la caravana. ¡Y es que no hay nada como el turismo gastronómico!.

 

Y así, tras un viaje de vuelta a casa sin historia, pusimos el punto y final a un viaje que, ciertamente, nos ha dejado muy buen sabor de boca.

 

RUTÓMETRO:

 

FECHA

ETAPA

KMS.

Viernes, 11 agosto 2006

Valladolid-Área de Bordeaux-Cestas A 63

598

Sábado, 12 agosto

Área de Bordeaux-Cestas A 63 - Area de Baden Baden A5 (Alemania)

1.003

Domingo, 13 agosto

Area de Baden Baden – Sankt Lorenz (Austria) / St. Wolfang

489+58

Lunes, 14 agosto

Kitzbühel – Bad Reichenhall – Salzburg -

249

Martes, 15 agosto

Hallstatt – Eisriesenwelt (Austria) – Berchstesgaden (Alem.)

251

Miércoles, 16 agosto

St. Lorenz – Melk – Wien/Viena

296+10

Jueves, 17 agosto

Viena – Budapest (Hungría) / Szentendre (tren)

253

Viernes, 18 agosto

Budapest (Tren) / Traslado a Balatonkenese

113

Sábado, 19 agosto

Szekeshefervar – Veszprem - Balatonfüred

182

Domingo, 20 agosto

Budapest (Estatuas) – Hortobagy - Eger

627

Lunes, 21 agosto

Traslado a Graz (Austria) / Graz

239 + 19

Martes, 22 agosto

Carintia: Friesach – St. Veit – Klagenfurt - Wörthersee

398

Miércoles, 23 agosto

Traslado a Linz / Linz - Steyr

223 + 98

Jueves, 24 agosto

Traslado a Ceske Budejovice (Chequia) / Cesky Krumlov y C. Bud.

107+55

Viernes, 25 agosto

Treboñ – Telc / Traslado a Praga

201+176

Sábado, 26 agosto

Praga (tranvía)

-

Domingo, 27 agosto

Kutna Hóra - Praga

198

Lunes, 28 agosto

Traslado a Karlovy Vary / K. Vary – Loket - Cheb

125+114

Martes, 29 agosto

Traslado a Obernai (Francia)

687

Miércoles, 30 agosto

Obernai - Colmar

90

Jueves, 31 agosto

Traslado a Beaune / Dijon

270+84

Viernes, 1 septiembre

Ruta por la Borgoña y Traslado a Área de Bordeaux-Cestas A 63

18+634

Sábado, 2 septiembre 2006

Área de Bordeaux-Cestas A 63 - Valladolid

594

 

Total Kms.

8.461

 

 

PRECIOS GASÓLEO (AGOSTO 2006)

 

País

Horquilla de precios

Precios en euros

España

0,98 - 0,999 €

 

Francia

1,11 – 1,18 €

 

Alemania

1,174 €

 

Austria

1,08 – 1,114 €

 

Hungría

283,9 - 291 Huf

(aprox. 1,02 €)

República Checa

1,08 –   29,90 Kč

(aprox. 1,00 €)

 

 

 

 

 

CAMPINGS VISITADOS:

 

 

LOCALIDAD

 

CAMPING

PRECIO

/Noche

2 adultos, coche+

caravana

y electricidad

Tjta.

Cré

dito

 

Ntra.

Ca-

lifica

ción

 

OBSERVACIONES

Sankt Lorenz

(Austria)

Austria Camp

19,83 €

 

SI

8

Con barrera. Cierran por descanso de 13-15 h. A pie de lago. Bloque de aseos renovados y modélicos. Restaurante. Pizzas enormes y buenísimas a buen precio. Gran aparcamiento en la entrada, pero no permiten meter el coche. Parcelado. Camping “cuco”.

Viena

(Austria)

Aktiv Camping

Neue Donau

24,50 €

 

SI

7

Con Verja, no obstante cierran tarde y hay posibilidad de pernoctar a la entrada si se llega muy tarde. A orillas del Danubio cerca del casco urbano. Bus en la puerta hasta el complejo “Vienna Centre”. Desde allí metro al centro de Viena. Camping de gran ciudad, con las caravanas y autocaravanas pegadas unas a otras. Sin árboles. Buenos servicios.

Budapest

(Hungría)

Camping Romái

21,20 €

 

NO

4

Lo mejor su situación para coger el tren a a Budapest. Al lado existen piscinas y baños, en un bosque. Camping malo. Mosquitos, aseos penosos. Ruidoso y sin parcelar.

Balaton

kenese

Lago Balaton

(Hungría)

Camping Romantic

11 €

 

NO

6

Dueños amabilísimos. Servicios limpios y correctos. Prado. Mosquitos. Bungalows. Muy bien para el standard húngaro.

Graz

(Austria)

Campingplatz Central

30 €

NO

7

Seguir las señales de autopista de Graz-Strassgang. Piscina incluida en el precio. Buenos aseos. Un poco caro para lo que ofrece. Autobús al centro en la puerta.

Linz

(Austria)

Campingplatz Linz-Pichlingsee

18,60 €

SI

a partir

de 30 €

7

Salir en la salida de autopista de Linz-Pichlingsee, entre Viena y Linz. Al lado del lago. Muy pulcro. Cierra de 13 a 15 h. Es la segunda vez que lo visitamos. Con barrera.

České Budĕjovice 

(R.Checa)

Dlouha Louka

13 €

NO

5

Sin barrera. Coche en parking. Bolsa basura de pago. Si estáis más de una noche, vigilad que no os cobren una bolsa por día aunque no la uséis.

Praga

(R.Checa)

Caravan camp

32 €

NO

6

Con barrera, la recepción cierra a las 20 h. – Tranvía nº 9 a Praga en la puerta. En el restaurante venden los billetes del tranvía. Prado. Arbolado. Sin parcelar. Muchos españoles.

Karlovy Vary

(R.Checa)

Sasanka camp

15 €

NO

7

Prado. Sin parcelar. Aseos nuevos. Hablan alemán. Agradable.

Obernai

(Francia)

Municipal

Le Vallon del’Ehn

15,5 €

SI

9

Barrera. Recepción cierra a las 20 h. en verano y a las 19 h. en invierno. Aseos espectaculares, con calefacción. Parcelado. Sala de reuniones. Area para autocaravanas. Parking en la entrada. De lo mejor que conocemos. La srta. Annie habla algo de español..

Beaune

(Francia)

Municipal de les Cent Vignes

15,80 €

SI

7

Barrera. Parcelado, muy “reservado”. Viales muy estrechos. Restaurante. Aseos normalitos.

Visitad la página web www.eurocampings.net/es/ de la Guía ACSI. Además de una amplia información de 8.000 camping europeos, por ejemplo si aceptan tarjetas de crédito, incluye un localizador geográfico muy útil para encontrar el camping.

 

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